sábado, 7 de diciembre de 2024

Santiago

 

A MI HIJO ÚNICO

 

                Su cabello castaño y radiante acaricia suavemente su dulce rostro. Sus cejas, en un arco perfecto, custodian los luceros más bellos que haya conocido. Su nariz suavemente respingada, una boca amplia como su alma. Su mandíbula generosa desde la que perfectamente continúa su ancho y largo cuello.

        Podría pasar horas admirándolo. Pero hay mucho más allá de lo que se avizora. Su éter infinito, su alma pura, frágil, melancólica.

        ¿Cómo no amarlo?

        Lo sentí crecer en mi vientre, momento en que comenzó el único y verdadero amor, el que perdura. Lo amé cuando lo vi crecer y regodearse con mis gestos. Lo vi jugar y volar con su vasta imaginación. Lo observaba y lo amaba. Así, en ese orden o en el inverso, siempre amándolo.

        Hoy, que es un hombre, lo admiro por su sapiencia, por su forma particular de ver la vida, por ese mundo oculto para mí, el cual vaga por su cabeza y lo hace caminar de un lado a otro con la cabeza baja, cual filósofo peripatético.

        ¿Cómo no amar al ser que le di la vida? Mi inquieto corazón sabe de amores. Ninguno ha llegado a hacer palpitar mi corazón como él.

        ¿Cómo no amarlo?

        Cuando nos encontramos en un diálogo y nos percatamos que somos uno, él una prolongación de mi ser. Pero a su vez como una esfera que rueda veloz por su inercia. No necesita de mí. Eso me enorgullece.

        He dado todo de mí por este ser de  luz, tanto amor hace que no me arrepienta, siento que este sentimiento es el motor de mi vida. Sin él, un sin sentido, un vacío, la nada.

        A pesar de saber que le dolerá, y sabiendo que jamás este escrito será leído por él, puedo aseverar que, si él faltase, no lo dudaría: partiría con él. Su amor es el motor de mi vivir.

        “Ponme como sello sobre tu corazón, como sello sobre tu brazo, porque fuerte es el amor como la muerte” Cantar de los Cantares 8:6

Sandra Brinkworth. 21 de junio de 2024

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