A MI HIJO ÚNICO
Su cabello castaño y radiante acaricia
suavemente su dulce rostro. Sus cejas, en un arco perfecto, custodian los
luceros más bellos que haya conocido. Su nariz suavemente respingada, una boca
amplia como su alma. Su mandíbula generosa desde la que perfectamente continúa
su ancho y largo cuello.
Podría
pasar horas admirándolo. Pero hay mucho más allá de lo que se avizora. Su éter
infinito, su alma pura, frágil, melancólica.
¿Cómo
no amarlo?
Lo
sentí crecer en mi vientre, momento en que comenzó el único y verdadero amor,
el que perdura. Lo amé cuando lo vi crecer y regodearse con mis gestos. Lo vi
jugar y volar con su vasta imaginación. Lo observaba y lo amaba. Así, en ese
orden o en el inverso, siempre amándolo.
Hoy,
que es un hombre, lo admiro por su sapiencia, por su forma particular de ver la
vida, por ese mundo oculto para mí, el cual vaga por su cabeza y lo hace
caminar de un lado a otro con la cabeza baja, cual filósofo peripatético.
¿Cómo
no amar al ser que le di la vida? Mi inquieto corazón sabe de amores. Ninguno
ha llegado a hacer palpitar mi corazón como él.
¿Cómo
no amarlo?
Cuando
nos encontramos en un diálogo y nos percatamos que somos uno, él una
prolongación de mi ser. Pero a su vez como una esfera que rueda veloz por su
inercia. No necesita de mí. Eso me enorgullece.
He
dado todo de mí por este ser de luz,
tanto amor hace que no me arrepienta, siento que este sentimiento es el motor
de mi vida. Sin él, un sin sentido, un vacío, la nada.
A
pesar de saber que le dolerá, y sabiendo que jamás este escrito será leído por
él, puedo aseverar que, si él faltase, no lo dudaría: partiría con él. Su amor
es el motor de mi vivir.
“Ponme
como sello sobre tu corazón, como sello sobre tu brazo, porque fuerte es el
amor como la muerte” Cantar de los Cantares 8:6
Sandra Brinkworth. 21 de junio de 2024
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