Di
la última pincelada. El óleo estaba casi finalizado, un hermoso paisaje, el
paisaje de mis sueños, mi lugar en el mundo. Desconozco su existencia. Solo me
quedó el blanco para ubicar el personaje de mi obra. Pero me tomaría un
descanso.
Los artistas expresamos con nuestras
obras nuestras percepciones, emociones y sensaciones, en mi caso, a través de
la pintura. Mis creaciones plasman mis sentimientos y emociones. Y al ser así, y
explicarlo brevemente para usted, querido lector, le comentaré que en éstos
días que me he dedicado a realizar mi obra, me sentía bastante alicaída, quizás
por ello quise plasmar ese lugar de ensueño.
Un arroyo que corre suave, dos árboles
que lo flanquean, en uno de ellos el blanco, donde irá mi personaje, luego un
sendero curvilíneo con mucha vegetación, enredaderas, que siguen un sinuoso
sendero hasta desaparecer en el horizonte, el cual está cercado por acacias y
cipreses. Más al fondo, a lo lejos, unas sierras se levantan imponentes. Luego
el cielo diáfano, sin una nube y con rastros de un sol que estaría en el
poniente. Ese era mi lugar de ensueños, debería ser feliz allí.
Al día siguiente, me desadormeció un
rayo de sol por la rendija de mi ventana. Con un poco de parsimonia comencé el
día. Mientras desayunaba vino a mi memoria mi abuela materna, de quien había
heredado el don de la pintura. No disfruté mucho su compañía, pues cuando era
muy pequeña, rondaba los doce, ella viajó a instalarse a Buenos Aires. Pero
recuerdo una charla que tuve con ella cuando nos obsequió uno de sus hermosos
cuadros, pintaba realismo. Recuerdo que le dolió mucho desprenderse de ese
lienzo. Éramos muy cercanas, yo había heredado mucho de ella, el arte, la belleza,
el gusto por los perfumes. A lo largo de los años, su elegancia permaneció
inalterable, como una flor que nunca marchita. El tiempo, que en otros deja
huellas y sombras, en ella parecía detenerse, manteniendo su gracia intacta y
su juventud eterna, un reflejo perpetuo de belleza sin edad. En la ocasión del
obsequio me dijo en voz muy bajita, que los personajes de sus cuadros a veces
eran traviesos. Esa confidencia, para la niña que yo era, me despertó sumo
interés, por lo que la abrumé con interrogantes. Ella en tono ceremonioso me
contó que cierta vez pintó su personaje, una indígena, y al día siguiente junto
a ella había un ciervo. Ella quedo espantada, eran las pinceladas de ella, las reconocía,
pero no había hecho ese animal, ni
tampoco la sonrisa de felicidad en la mujer. Comprendí – me dijo – que los
personajes necesitan expresarse, buscar sus compañías, y se niegan a expresar
lo que nosotros les indicamos. Nunca olvidaré esa charla. Fue algo mágico.
Mezcla de cuento maravilloso y asombro de que pudiera ser real.
Después de vagar con los pensamientos
me dispuse a esbozar con colores a mi personaje, iba fluyendo según mi sentir.
Pasó un tiempo que no podría precisar y vi finalizada mi obra. Mi personaje era
un hombre, de tez trigueña, en sus cuarenta, recostado al árbol, con el
semblante sumamente triste y las manos caídas sobre el regazo. Así me sentía yo
hacía tiempo.
Se hizo la noche y con el trajín de
las tareas hogareñas me dejé abrazar por mi cama exhausta.
La luz del taller estaba a media
sombra, el personaje comenzó a mirar a su alrededor y al percatarse que estaba
solo, cambió su semblante, estaba feliz en el lugar donde se encontraba, un
lugar de ensueños. Caminó despacio por el camino sinuoso rodeado de
enredaderas. Mas allá de la vista de quien ve la obra, encontró un pequeño perro
hecho un ovillo. Se acercó, lo acarició, lo llamo Dante. Lo invitó a recorrer
con él el hermoso paisaje. Cerca de los cipreses había, al ras del suelo una
enorme cantidad de frambuesas, se acomodaron juntos, hombre y animal, y
comenzaron a degustar. El hombre le explicaba a Dante, que no entendía por qué su
semblante había sido coloreado tan abatido. Tampoco entendía por que su
compañero no se veía en la obra. Era un can hermoso, con brillante pelaje negro
y hocico aguzado y mirada atenta. Dante escuchaba y movía su cola.
Pasearon así toda la noche, la noche
de la artista, pues él en su realidad de óleos, vivía un eterno atardecer.
Recorrieron todos los lugares, éstos no se vislumbraban en la obra. ¿Estarían
en la mente de la artista?
Por la ventana del taller de pintura
vio que empezaba a amanecer, le dijo a Dante que continuara escondido, volvió
por el camino sinuoso y se volvió a acomodar. Pero no podía evitar el semblante
de felicidad por lo que había vivido. Le era imposible.
Cuando volví al taller esa mañana, corrí
las persianas y observé mi obra finalizada. Sentí satisfacción. Pero noté algo
fuera de lugar, me acerqué y miré al personaje, su semblante y su brazos en el
regazos no estaban como yo los había plasmado, si bien, eran mis colores y mi
forma de manejar el pincel. Retrocedí
espantada hasta chocarme con un taburete. Inmediatamente recordé los dichos de
mi abuela. Quizás no era sólo el cuento de una abuela a su nieta… quizás le
sucedió. Quedé largo rato observando. Volví a mirar al hombre. Era el rostro
que pinté, pero con otra expresión. Me sentí anonadada. Decidí salir a la calle
a caminar y ordenar mis ideas. Quizás conversar con alguien de lo sucedido,
pero, ¡quien me creería!
El personaje oyó la cerradura de la
puerta, se incorporó y comenzó a llamar a su mascota. Dante se acercaba feliz.
Se sintió aliviado de seguir con una sonrisa en el rostro. Ambos saltaron del óleo
y recorrieron la casa. Se sentían miniaturas, pero tenían un conocimiento
previo de lo que era la vida. No habían nacido con el pincel. Ellos ya existían
y el hombre, particularmente, no quería estar inmóvil e infeliz. Conocieron
todos los rincones de la casa y con ello el personaje pudo conocer mucho de la
mujer que lo retrató. Aun así, no comprendía qué le había sucedido a él.
¿Habría muerto y esta bella mujer lo trajo a la vida con su pincel? Recordó su
vida antes de despertarse en el lienzo. Siempre fue un hombre feliz y
esperanzado. Quizás por ello no entendía porque lo había plasmado con tanta
tristeza. Pero después de ver las pertenencias de la artista se percató que
estaba pasando por un gran dolor. Después de un largo paseo por los rincones de
la casa se sintieron cansados. Volvieron al óleo, pero esta vez el hombre no
soportó la postura sentada por todo el ajetreo, y quedó yacente con Dante hecho
un boyo en sus pies.
Volví un poco más distendida. Me
encontré con amigos, aunque no me atreví a contar lo sucedido. Por un momento
sentí temor de dirigirme al taller. Pero me armé de coraje y fui. Encendí la
luz y me encontré con la sorpresa, el hombre durmiendo ¡con un perro! Di un
portazo y me dirigí a dormir. Esa noche soñé con ese hombre y el perro. Me
culpaban que los había atrapado en un óleo contra su voluntad. Que ellos
querían llevar una vida como la mía. Él me reprochaba la infelicidad en su
postura y su rostro, me intimidaba al decirme que él era feliz.
Me desperté de un sobresalto, ya era
cerca del mediodía. Me dirigí presurosa al taller y para mi enorme sorpresa mi
personaje y su perro no estaban. Eché a llorar. No podía pasarme esto. No
controlaba mi vida y ahora no podía controlar mi arte. Ante mis sollozos
tímidamente se acercaban por el sendero el hombre y el animal.
Les reproché, les dije que era mi
cuadro y ellos eran míos, y que ese animal ni siquiera existía. El hombre con
paciencia me explicó que el paisaje era tan bello, por esa razón no quería estar
triste, estaba feliz gracias a lo que yo había hecho. Recorrió el paisaje y era
mágico. El animal sí lo había hecho yo, sin percatarme, solo que él lo
descubrió.
Seguimos dialogando un largo rato, le conté
mis tristezas, me escuchó paciente, una lágrima rodó por su mejilla. Al final
del diálogo llegó el consenso. Me dijo que él era mi obra, ¿qué deseaba para él?
Pensé un rato – este paisaje es para ustedes, ubíquense cómodos, solo les pido
que se queden quietos para siempre -; lo haremos, contesto el hombre.
Me fui del taller.
A la mañana siguiente apresuradamente fui
a ver mi obra. Mi personaje estaba recostado al árbol, acariciando al animal,
con una enorme sonrisa en la boca.
Pasaron varios días, comencé otras
obras, lo ocurrido fue quedando en el pasado. Hasta que un mediodía suena el
portero de mi departamento. Al abrir la puerta ¡Ohh sorpresa! Era mi personaje,
con el animal.
Se presentó, soy José y él es Dante.
Somos tus nuevos vecinos.
Sanddra
Brinkworth 23 de mayo de 2024