sábado, 7 de diciembre de 2024

El laberinto de la desicion

 

El reloj marcaba las doce de la noche. La luz de la lámpara de estudio, un tenue resplandor en la oscuridad de la habitación, iluminaba apenas las hojas del libro abierto sobre la mesa. Santiago, un joven de veinte años, se frotaba los ojos con cansancio. La decisión que debía tomar pesaba sobre él como una losa. ¿Medicina? ¿Ingeniería? ¿O quizás aventurarse en el mundo del arte, siguiendo su pasión? ¿Y si se equivocaba? ¿Y si esa decisión lo llevara por un camino sin retorno?

Mientras repasaba sus apuntes, una ráfaga de viento hizo que la ventana se estremeciera. Al mirar hacia afuera, vio cómo una sombra se deslizaba por la pared opuesta, proyectando una figura grotesca y distorsionada. Un escalofrío recorrió su espalda. ¿Habría sido solo una ilusión? Descartó la idea como una simple paranoia.

Sin embargo, a partir de ese momento, extrañas coincidencias comenzaron a ocurrir. Encontró plumas blancas en lugares inusuales, escuchó su nombre susurrado en sueños y vio números repetitivos en todas partes. Al principio, atribuyó estos sucesos a la casualidad, pero poco a poco, una inquietante sensación de que algo más estaba sucediendo se apoderó de él.

Comenzó a investigar sobre sincronicidad, destino y premoniciones. Cuanto más leía, más convencido estaba de que su vida estaba marcada por un patrón que escapaba a su comprensión. ¿Estaba siendo guiado por una fuerza superior? ¿O simplemente su mente estaba jugando una mala pasada?

La duda lo paralizó. ¿Qué sentido tenía tomar una decisión si el destino ya estaba escrito? ¿Acaso sus elecciones no eran más que ilusiones, meras piezas de un rompecabezas cósmico que ya había sido ensamblado?

Una noche, mientras caminaba por el parque, se encontró con un anciano sentado en un banco. El hombre, con una mirada penetrante, lo observó fijamente.

—Todos buscamos respuestas, joven —dijo el anciano con voz suave—. Pero a veces, la mayor sabiduría radica en aceptar la incertidumbre. El futuro es un laberinto, y cada elección es un nuevo camino. No te preocupes por encontrar el camino correcto, preocúpate por disfrutar del viaje.

Las palabras del anciano resonaron en la mente de Santiago. Tal vez, la clave no era tanto encontrar una respuesta definitiva, sino aceptar que la vida es un misterio. Al fin y al cabo, ¿qué es lo que nos hace verdaderamente humanos si no es nuestra capacidad de elegir, de equivocarnos y de seguir adelante?

Con renovada determinación, Santiago decidió dejar de buscar respuestas y simplemente vivir. Se inscribió en la universidad para estudiar arte, reservó un vuelo a la ciudad de sus sueños y comenzó a empacar sus cosas. No sabía qué le depararía el futuro, pero estaba dispuesto a enfrentarlo con valentía y curiosidad.

Al cerrar la puerta de su habitación por última vez, sintió una mezcla de emoción y miedo. Pero también una profunda sensación de libertad. Había dejado de ser un peón en un juego ajeno y había decidido tomar las riendas de su propia vida.

A medida que el avión se elevaba sobre las nubes, Santiago se dio cuenta de que la vida era un laberinto, y que cada decisión era una nueva oportunidad para perderse y encontrarse a sí mismo. Y aunque el destino pudiera tener un plan para él, sería él quien escribiría su propia historia.

Sandra Brinkworth, 12 de octubre de 2024

El lienzo

 

        Di la última pincelada. El óleo estaba casi finalizado, un hermoso paisaje, el paisaje de mis sueños, mi lugar en el mundo. Desconozco su existencia. Solo me quedó el blanco para ubicar el personaje de mi obra. Pero me tomaría un descanso.

          Los artistas expresamos con nuestras obras nuestras percepciones, emociones y sensaciones, en mi caso, a través de la pintura. Mis creaciones plasman mis  sentimientos y emociones. Y al ser así, y explicarlo brevemente para usted, querido lector, le comentaré que en éstos días que me he dedicado a realizar mi obra, me sentía bastante alicaída, quizás por ello quise plasmar ese lugar de ensueño.

          Un arroyo que corre suave, dos árboles que lo flanquean, en uno de ellos el blanco, donde irá mi personaje, luego un sendero curvilíneo con mucha vegetación, enredaderas, que siguen un sinuoso sendero hasta desaparecer en el horizonte, el cual está cercado por acacias y cipreses. Más al fondo, a lo lejos, unas sierras se levantan imponentes. Luego el cielo diáfano, sin una nube y con rastros de un sol que estaría en el poniente. Ese era mi lugar de ensueños, debería ser feliz allí.

          Al día siguiente, me desadormeció un rayo de sol por la rendija de mi ventana. Con un poco de parsimonia comencé el día. Mientras desayunaba vino a mi memoria mi abuela materna, de quien había heredado el don de la pintura. No disfruté mucho su compañía, pues cuando era muy pequeña, rondaba los doce, ella viajó a instalarse a Buenos Aires. Pero recuerdo una charla que tuve con ella cuando nos obsequió uno de sus hermosos cuadros, pintaba realismo. Recuerdo que le dolió mucho desprenderse de ese lienzo. Éramos muy cercanas, yo había heredado mucho de ella, el arte, la belleza, el gusto por los perfumes. A lo largo de los años, su elegancia permaneció inalterable, como una flor que nunca marchita. El tiempo, que en otros deja huellas y sombras, en ella parecía detenerse, manteniendo su gracia intacta y su juventud eterna, un reflejo perpetuo de belleza sin edad. En la ocasión del obsequio me dijo en voz muy bajita, que los personajes de sus cuadros a veces eran traviesos. Esa confidencia, para la niña que yo era, me despertó sumo interés, por lo que la abrumé con interrogantes. Ella en tono ceremonioso me contó que cierta vez pintó su personaje, una indígena, y al día siguiente junto a ella había un ciervo. Ella quedo espantada, eran las pinceladas de ella, las reconocía, pero  no había hecho ese animal, ni tampoco la sonrisa de felicidad en la mujer. Comprendí – me dijo – que los personajes necesitan expresarse, buscar sus compañías, y se niegan a expresar lo que nosotros les indicamos. Nunca olvidaré esa charla. Fue algo mágico. Mezcla de cuento maravilloso y asombro de que pudiera ser real.

          Después de vagar con los pensamientos me dispuse a esbozar con colores a mi personaje, iba fluyendo según mi sentir. Pasó un tiempo que no podría precisar y vi finalizada mi obra. Mi personaje era un hombre, de tez trigueña, en sus cuarenta, recostado al árbol, con el semblante sumamente triste y las manos caídas sobre el regazo. Así me sentía yo hacía tiempo.

          Se hizo la noche y con el trajín de las tareas hogareñas me dejé abrazar por mi cama exhausta.

 

          La luz del taller estaba a media sombra, el personaje comenzó a mirar a su alrededor y al percatarse que estaba solo, cambió su semblante, estaba feliz en el lugar donde se encontraba, un lugar de ensueños. Caminó despacio por el camino sinuoso rodeado de enredaderas. Mas allá de la vista de quien ve la obra, encontró un pequeño perro hecho un ovillo. Se acercó, lo acarició, lo llamo Dante. Lo invitó a recorrer con él el hermoso paisaje. Cerca de los cipreses había, al ras del suelo una enorme cantidad de frambuesas, se acomodaron juntos, hombre y animal, y comenzaron a degustar. El hombre le explicaba a Dante, que no entendía por qué su semblante había sido coloreado tan abatido. Tampoco entendía por que su compañero no se veía en la obra. Era un can hermoso, con brillante pelaje negro y hocico aguzado y mirada atenta. Dante escuchaba y movía su  cola.

          Pasearon así toda la noche, la noche de la artista, pues él en su realidad de óleos, vivía un eterno atardecer. Recorrieron todos los lugares, éstos no se vislumbraban en la obra. ¿Estarían en la mente de la artista?

          Por la ventana del taller de pintura vio que empezaba a amanecer, le dijo a Dante que continuara escondido, volvió por el camino sinuoso y se volvió a acomodar. Pero no podía evitar el semblante de felicidad por lo que había vivido. Le era imposible.

 

          Cuando volví al taller esa mañana, corrí las persianas y observé mi obra finalizada. Sentí satisfacción. Pero noté algo fuera de lugar, me acerqué y miré al personaje, su semblante y su brazos en el regazos no estaban como yo los había plasmado, si bien, eran mis colores y mi forma  de manejar el pincel. Retrocedí espantada hasta chocarme con un taburete. Inmediatamente recordé los dichos de mi abuela. Quizás no era sólo el cuento de una abuela a su nieta… quizás le sucedió. Quedé largo rato observando. Volví a mirar al hombre. Era el rostro que pinté, pero con otra expresión. Me sentí anonadada. Decidí salir a la calle a caminar y ordenar mis ideas. Quizás conversar con alguien de lo sucedido, pero, ¡quien me creería!

 

          El personaje oyó la cerradura de la puerta, se incorporó y comenzó a llamar a su mascota. Dante se acercaba feliz. Se sintió aliviado de seguir con una sonrisa en el rostro. Ambos saltaron del óleo y recorrieron la casa. Se sentían miniaturas, pero tenían un conocimiento previo de lo que era la vida. No habían nacido con el pincel. Ellos ya existían y el hombre, particularmente, no quería estar inmóvil e infeliz. Conocieron todos los rincones de la casa y con ello el personaje pudo conocer mucho de la mujer que lo retrató. Aun así, no comprendía qué le había sucedido a él. ¿Habría muerto y esta bella mujer lo trajo a la vida con su pincel? Recordó su vida antes de despertarse en el lienzo. Siempre fue un hombre feliz y esperanzado. Quizás por ello no entendía porque lo había plasmado con tanta tristeza. Pero después de ver las pertenencias de la artista se percató que estaba pasando por un gran dolor. Después de un largo paseo por los rincones de la casa se sintieron cansados. Volvieron al óleo, pero esta vez el hombre no soportó la postura sentada por todo el ajetreo, y quedó yacente con Dante hecho un boyo en sus pies.

 

          Volví un poco más distendida. Me encontré con amigos, aunque no me atreví a contar lo sucedido. Por un momento sentí temor de dirigirme al taller. Pero me armé de coraje y fui. Encendí la luz y me encontré con la sorpresa, el hombre durmiendo ¡con un perro! Di un portazo y me dirigí a dormir. Esa noche soñé con ese hombre y el perro. Me culpaban que los había atrapado en un óleo contra su voluntad. Que ellos querían llevar una vida como la mía. Él me reprochaba la infelicidad en su postura y su rostro, me intimidaba al decirme que él era feliz.

          Me desperté de un sobresalto, ya era cerca del mediodía. Me dirigí presurosa al taller y para mi enorme sorpresa mi personaje y su perro no estaban. Eché a llorar. No podía pasarme esto. No controlaba mi vida y ahora no podía controlar mi arte. Ante mis sollozos tímidamente se acercaban por el sendero el hombre y el animal.

          Les reproché, les dije que era mi cuadro y ellos eran míos, y que ese animal ni siquiera existía. El hombre con paciencia me explicó que el paisaje era tan bello, por esa razón no quería estar triste, estaba feliz gracias a lo que yo había hecho. Recorrió el paisaje y era mágico. El animal sí lo había hecho yo, sin percatarme, solo que él lo descubrió.

          Seguimos dialogando un largo rato, le conté mis tristezas, me escuchó paciente, una lágrima rodó por su mejilla. Al final del diálogo llegó el consenso. Me dijo que él era mi obra, ¿qué deseaba para él? Pensé un rato – este paisaje es para ustedes, ubíquense cómodos, solo les pido que se queden quietos para siempre -; lo haremos, contesto el hombre.

          Me fui del taller.

          A la mañana siguiente apresuradamente fui a ver mi obra. Mi personaje estaba recostado al árbol, acariciando al animal, con una enorme sonrisa en la boca.

 

          Pasaron varios días, comencé otras obras, lo ocurrido fue quedando en el pasado. Hasta que un mediodía suena el portero de mi departamento. Al abrir la puerta ¡Ohh sorpresa! Era mi personaje, con el animal.

          Se presentó, soy José y él es Dante. Somos tus nuevos vecinos.

 

Sanddra Brinkworth 23 de mayo de 2024

El regreso

 

EL REGRESO

 

                Lo vi. Nos miramos. Su mirada cargada de sentimientos. Conocía esa mirada. Lo decía todo. Siempre fue transparente.

Se encontraba parado en el hall de mi casa. Su cuerpo mostraba cierta incomodidad. Estaba fuera de su lugar seguro. Aun así sus ojos destilaban un sentimiento puro, aunque su boca no lo pronunciara.

        Nos sentamos juntos en el sofá. Teníamos mucho que hablar. Mientras las palabras fluían, sus ojos se agrandaban o se entrecerraban, se escapaban. Parecía que danzaban al compás de sus palabras. Yo lo escuchaba. Cuando era mi momento de hablar su mirar era fijo cual ancla en el mar.

        Hubo un momento de silencio. Un silencio sonoro, aturdidor. Como vuelos de miles de mariposas. Nos miramos. Cada vez más cerca, nuestras respiraciones agitadas. Al fin nuestros labios se rosaron. Sentí el calor de su ser, un calor que ya conocía. Esa sensación que pedía más. A medida que nuestros labios se movían al unísono, el beso se volvió más profundo, más urgente, lleno de una pasión contenida durante meses. Sentía una euforia indescriptible, una conexión tan profunda que casi dolía. Cada segundo de ese beso era una eternidad y un suspiro al mismo tiempo.

        No sabría precisar la duración, una eternidad o un segundo. Lo que sentí no se mide en tiempo, solo en sensaciones. Lo volví a mirar. Vi en él mucha paz. Su rostro era un paisaje sereno después de una tormenta larga y devastadora. Su piel, marcada por los surcos de preocupaciones pasadas, ahora irradiaba una luz suave y tranquila. Las líneas de tensión que habían anclado sus cejas se habían desvanecido, dejando un semblante relajado y casi rejuvenecido. Cada rasgo de su rostro hablaba de un hombre que había encontrado su camino de regreso a sí mismo, que había enfrentado y superado sus demonios. Irradiaba serenidad y calma. Su rostro era el de alguien que había aprendido a dejar ir, a aceptar y a encontrar la paz en el presente.

        Al ver que nuestro beso provocó esa transformación en él y en mí, sentí paz. Después de una larga tormenta. Luchas internas que me trajeron donde hoy estoy. Siendo una mejor persona. De esta manera el amor que le brindaré será más sabio. Será un mar en calma.

        No puedo precisar la duración de este nuevo comienzo. Cada día a su lado evocaré este beso que selló nuestros caminos.

Sandra Brinkworth, 24 de julio de 2024

El volcán

 

El volcán

 

Habían pasado casi seis meses de nuestra ruptura. Pensaba que esa etapa, por el sufrimiento que me ocasionó, nunca volvería a mí. Pero estaba equivocada. Apareció en mi portal con una sonrisa, flores, y un borbotón de palabras que pedían perdón y una nueva oportunidad. Al mirarlo a los ojos comprendí que mis sentimientos seguían imperturbables a pesar de sus infidelidades pasadas. Él habló, me explicó detalladamente el porqué de sus acciones, pidiéndome perdón una y otra vez. Lo dudé. Pero flaquee, volví a confiar en él y a estar a su lado.

          Los días pasaban tranquilos, había un cambio radical en él. Volvimos a ser la pareja de siempre. Volví a confiar. Pero ¿qué pasaba por mi mente? Un mar de contradicciones, de revivir sus mentiras, de incomodidad, de miedo. Él no lo notaba. Nadie lo notaba. Yo lo ocultaba aferrándome a su promesa de “nunca más”. Pero en mi mente danzaban emociones perturbadoras. ¿Celos? Desconfianza, incredulidad. Miedo, un miedo intrigante, hacía que mi corazón galope con más fuerza,  mi piel quedase blanca. Sentimientos y emociones que querían salir de mí y gritar lo que sentía. Pero lo aplacaba, recordando su promesa y tratando de ser una mujer fuerte.

          Él, de verdad, estaba siendo muy transparente. Hacía todo lo posible para que yo confiara. Pero una llamada, un mensaje… volvía a retorcer toda mi mente de preguntas. Más preguntas, ¿Quién es? ¿Dónde vas? ¿Qué hiciste anoche? Preguntas que nunca se las pronunciaba. Quedaban en mí. Lo sé, mi corazón había quedado dañado. No lo podía evitar. Solo lo podía disimular.

          A veces lo conversaba con alguna amiga, quien me decía que  un hombre infiel nunca deja de serlo. Yo seguía con mi postura de superación. Pero solo eran las apariencias. Dentro de mí danzaban insolentes mis dudas, miedos, sentimientos de inferioridad. Era una lucha que ya llevaba tiempo, unos meses, pero me estaba destruyendo por dentro.

          No flaqueaba en mi postura. Nadie intuía, ni él, el torbellino que se suscitaba en mi interior. Nuestros encuentros eran agradables, amenos, sentíamos mucho amor mutuamente. Él tenía su rostro más sosegado,  había dejado la ansiedad atrás, reflejaba paz y tranquilidad. Yo todo lo observaba y éstas actitudes de él me sosegaban. Era inevitable, dentro mío no había sosiego ni paz. El torbellino de dudas seguía entronizado en mí, cual rey inescrutable.

          Un día cercano a la primavera sentí una sensación peculiar. Comenzaba en mi interior inquieto y afloraba por mi cuerpo, mis ojos. Yo lo rechazaba. ¡No! ¡No! Yo no soy así, yo se controlarme… ¡no! ¡No!... Ël estaba frente a mí conversando de algo que yo no escuchaba, porque solo escuchaba mi cuerpo y mi interior. Estaba al borde de un abismo interno, mi alma temblaba como un volcán en letargo, acumulando fuego y rabia, listo para desatar su furia ardiente en un estallido de pasión contenida por tantos meses. Aguardando el momento de liberar la lava ardiente de emociones reprimidas. Él me miraba… Y seguía con su charla…

-      ¿Te acordás del viaje a Mendoza?

-        ¡No! ¡No! ¡No te creo nada! ¡Me mentiste muchas veces! ¡Me heriste y no te importó! ¡No! ¡No! ¡No lo merezco! ¡Fuiste cruel! Mi corazón no puede volver a confiar en vos. ¡No te quiero en mi vida!

En ese momento todo el dolor y el temor acumulado en mí desapareció, se esfumó con esas palabras, al igual que él.


Ese momento fue mi liberación.

¿Ella aún?

                 Hacía muy poco tiempo de mi convalecencia en la clínica. Me encontraba reposando serenamente en mi cama y comencé a tener ese sueño repetitivo que solía tener en mi internación, sólo que esta vez dio un giro inesperado. Comenzaba por sentir una liviandad en mi cuerpo, los pensamientos se detenían – como deseaba hacerlo en mis meditaciones pero sin lograrlo – sentía mucha paz, indescriptible. ¿Por qué en vida nunca he sentido esa paz? Todo se hacía cada vez más claro, más áureo. Ya no pesaba, era éter. Alguien, un ser que no podría definir, me entregaba una flor, era una rosa blanca. A pesar de ser yo solo éter brotó una gota de sangre. Sentí un dolor familiar, no físico, más bien emocional. Pero seguía sintiendo esa paz. Quería seguir allí. No sabía si soñaba o de verdad estaba allí. Las sensaciones eran tan reales que no podría decir que era solo un sueño.

          De pronto, como cayendo de un abismo, abrí los ojos en mi cama, el gato había saltado a ella y me había arrebatado de lo que pensaba era mi realidad. De repente sentí en mis manos algo, observé atónita una rosa blanca, y en mi mano una gotita de sangre. Quedé sin palabras. Sin aliento. No era yo una persona creyente, sí había incursionado en las teorías orientales budistas, pero no como religión, sino como forma de buscar paz. Esa paz de ese sueño. Esa paz que aún estaba en esa rosa y en mi gota de sangre. No quería caer en explicaciones paranormales, holísticas o psíquicas. No creía en eso. Pero aun con la sensación de liviandad y la rosa, y la sangre…

          Pasó mucho tiempo hasta que pudiera moverme. Estaba absorta pensando si realmente estuve en el mas allá, si era así, ¿cómo lo conciliaba con mi ateísmo? No podía negar que definitivamente hubo un suceso, desperté con esa rosa blanca y la gota de sangre, y estas vinieron del sueño. No me acosté así la noche anterior. Pero tenía que empezar mi día, era  laboral, no podía estar más en la cama. Tomé la rosa con mucho cuidado, aun sintiendo la liviandad, y la dejé en un florero en mi mesa de noche, me sequé la gota de sangre con un pañuelo viejo que encontré hurgando en un cajón y lo dejé al lado de la rosa.

          Cuando salí a la calle aún me sentía liviana, rara, mi mente estaba en el vacío, pero no pude dejar de notar que veía rosas blancas en todos los jardines, plazas y parques. Me percaté que estaba  pasando por el sesgo de confirmación, siendo psicóloga, sé que es un fenómeno normal cuando algo nos ha marcado mucho. Llegué a mi consultorio. Las secretarias habían adornado con rosas blancas la mesa de la sala de espera. Tenía el tiempo justo, no pude conversar con mis colegas sobre lo sucedido.

          Mi primer paciente, un hombre en sus sesenta, hacía tiempo venía a mi consulta. Fuimos haciendo pequeños logros. Pero él aún seguía sintiendo un vacío existencial que, por más que lo habíamos abordado de distintas maneras, no podía salir de él. No le encontraba sentido a su vida y muchas veces había fantaseado con su muerte. Mi terapia consiste en escuchar y sobre lo que escucho preguntar y repreguntar. Pero como mi cabeza estaba llena de rosas blancas, le plantee lo que me había sucedido a mí, como algo potencial que le podría pasar a él y qué sentimientos, sensaciones y decisiones le harían tomar. De pronto me sentí pidiendo ayuda a mi paciente. Él lo pensó un rato, vi en sus ojos un destello de esperanza, de respuesta a su vacío. Su respuesta fue segura y tajante, - pues, buscaría la forma de morir para vivir esa experiencia, pero jamás volver.

          Su respuesta me quedó resonando durante todo el día. ¿Acaso alguna omnipresencia me estaba invitando a morir? Yo, atea… no me lo podía permitir. Sabía que en ese sueño había algo más. No lo había encontrado aún, pero mi persistencia y mi terquedad harían que encuentre en mi interior la respuesta.

          Al regresar a casa admiré la rosa, observé el pañuelo, no era mío, estaba amarillento y tenía unas iniciales A.B. Ese pañuelo con mi gota de sangre había pertenecido a mi madre. Comencé a recordar mi infancia con ella. Era una madre muy rígida, fría y distante. Me obligaba a ir a misa y me ingresó en un colegio Católico. Era una persona con la que yo tenía prohibido expresar mis sentimientos, eso era cosa de mujeres blandas. Por mucho tiempo le guardé rencor. Lo superé con terapia. Quizás por eso soy Psicóloga. Padre ausente, única hija. Sufrí mucho sus destrates y su frialdad. En mi casa no había una sola foto de ella, es como si la hubiese arrancado de mi vida. Seguí recordando a esa mujer tan fría. En la lejanía recordé que lo único que la hacía un poquito más humana era su amor por los perros y las plantas. Recuerdo su última perra, una galguita negra, Cleopatra. La acompañó hasta sus últimos días. Al mes la perrita falleció de tristeza. Yo no. Algo que amaba también era su jardín, lleno de… rosas blancas… me quedé mirando la rosa, era igual a las que ella sembraba y cuidaba tanto, a las que les concedía el amor que a mí me negaba, el tiempo la dedicación. No podía dejar de ver esa rosa y su rostro, estaba confundida… y la sangre, en su pañuelo. La sangre del dolor por su indiferencia, por su frialdad para conmigo, por su negación a una caricia, por su lejanía. No era un dolor físico, era un dolor en el alma que creía haber dejado atrás y este maldito sueño con su rosa y su sangre me volvieron a traer

          Mi ateísmo no ha cambiado, pero sé que ese ser de luz, que en un momento de liviandad de sentir la nada y la luz, la paz, la quietud, me regaló una rosa y al mismo tiempo me hizo sangrar con ella, era mi madre. Ella trascendió pero su alma siguió igual, amando sus rosas y lastimándome. Por eso inmediatamente tomé la rosa, la puse dentro de la Biblia que era de ella, junto con su pañuelo y dije en alta voz que si hay un ser omnipotente, ¡que se apiade de ella! Por el daño que me hizo y aún sigue haciéndome.

Al colocar la rosa blanca dentro de la Biblia de mi madre y pronunciar esas palabras cargadas de emoción, un silencio profundo llenó la habitación. La atmósfera parecía cargada de significado, como si las palabras resonaran en el espacio entre el cielo y la tierra.

Me quedé mirando la rosa, ahora protegida por las páginas de aquel libro sagrado que mi madre solía leer. Mis manos temblaban ligeramente, no por miedo, sino por la magnitud de lo que acababa de descubrir. Aunque mi ateísmo seguía intacto, una nueva certeza se había instalado en mi corazón: el sueño, la rosa, la sangre... todo eso había sido una manifestación del amor y el dolor de mi madre, incluso más allá de su vida terrenal.

Mis creencias no se tambalearon, pero mi comprensión del mundo sí. Ya no podía ignorar la conexión entre mi pasado y mi presente, entre el rencor y la compasión. En ese momento, me di cuenta de que la búsqueda de paz y sentido en la vida no estaba limitada por etiquetas o dogmas, sino por la aceptación y la reconciliación con uno mismo y con los demás.

Cerrar la Biblia fue como cerrar un capítulo largo y doloroso de mi vida. A partir de ese día, las rosas blancas no solo serían flores comunes en los jardines, sino símbolos de un amor que trasciende las barreras del tiempo y las creencias.

Sandra Brinkworth 4 de julio de 2024

La huida

 

Cuando lo vi, sus inmensos ojos celestes me deslumbraron. Lo observaba, característica fundamental de mi manera de ser, presentía un hombre íntegro, amante de sus hijos, dolido por el pronto fallecimiento de su esposa. Podía notar un dejo de nostalgia, pero a su vez sus gestos eran dinámicos, su hablar un torbellino de palabras amontonadas, podía pensar que era un hombre falto de paz y de sosiego. Ese fue nuestro primer encuentro.

          Al día siguiente me invitó a pasear en su moto, él no podía esperar al día siguiente. Era ese día, me necesitaba. La tercera jornada viajamos por dos días. Nuestra relación comenzó así, una vorágine, persistencia en hablarme y verme. Como si fuese indispensable en su vida. Comenzamos a compartirlo todo. El avasallaba mi vida, pero eso me hacía sentir bien, quizás por mi baja autoestima. Necesitaba de alguien que me necesite de manera apremiante, como él lo hacía.

          A medida que lo conocía comenzaba a admirarlo por su inteligencia y su conocimiento de tantos temas ignorados por mí. Yo, ávida de aprender, me dejaba llevar por sus pensamientos, enseñanzas y opiniones. En sus ojos veía el brillo de mil estrellas, un destello de sabiduría que iluminaba mi mundo. Era un faro en la tempestad, guiando con palabras que acariciaban mi alma, suaves como el murmullo del viento. Su mente, un vasto océano de conocimiento. En sus aguas profundas encontraba respuestas a preguntas que ni siquiera sabía que tenía. Su inteligencia era como un océano profundo y misterioso, siempre descubriendo nuevas profundidades con cada conversación que teníamos. Era culto, hablábamos durante horas, y cada charla era como un viaje a través de paisajes desconocidos, llenos de sorpresas y maravillas. A pesar de su sabiduría, había una calidez en él que me hacía sentir segura. Su bondad era como el sol que calentaba la tierra después de una larga noche fría. Siempre estaba dispuesto a ayudar, a escuchar, y a ofrecer consuelo cuando más lo necesitaba. Era un refugio en medio del caos, un faro que me guiaba hacia la tranquilidad. A veces lo veía luchar contra sus propios miedos con una valentía silenciosa que solo me hacía admirarlo más. Era consciente de sus imperfecciones, pero nunca dejaba que lo dominaran. Su lucha interna solo lo hacía más humano, más real.

          Cabe aclarar que no soy una mujer sin experiencia. He tenido a lo largo de mi vida muchos hombres a los que creí amar. Pero duraba un lapso de tiempo y me hastiaba. Con él era diferente. Lo amaba y lo necesitaba. Lo pensaba como un hombre totalmente sincero y que logró encontrar en mí, y yo en él, la confidente y amante ideal.

          Cierta ocasión, en una discusión, en la que yo no hablaba casi pues el pisaba mis palabras, me dijo algo que hizo sonar una alarma en mí. Se incorporó del sillón y musitó:

-          Vos no me conocés, no sabés lo que soy capaz de hacer.

No entendí. Creí que después de cuatro años en verdad nos conocíamos íntimamente. No supe a que se refería y quede muda, sin siquiera poder preguntar.

          Mis sentimientos por él, a pesar de sus exabruptos, eran de amor puro. Seguía amándolo como el primer día. Seguía mi admiración por él, mi necesidad de sus besos y caricias. El me demostraba que mis sentimientos eran correspondidos. Siempre clamaba que me amaba como no amó a nadie, que no podía pasar un día sin mí. Estábamos, creí, realmente felices.

          Hubo otras ocasiones que encendieron más alarmas en mí. Sus terribles celos, su persecución, la manía de pedirme el móvil para ver mis rutas. Eran celos excesivos. No le daba motivo. Siempre estaba con él o en mi casa. Trataba de calmarlo pero él decía que no confiaba en mí, que mentía. No entendía eso. No le mentí nunca. Siempre fui una mujer transparente que no supo mentir jamás. Pero el insistía.

          Empecé a sacarme el velo de los ojos y el corazón y a observarlo objetivamente. Pensaba mucho en sus celos y desconfianza. Un día por casualidad, leí un artículo de psicología que trataba sobre la ley del espejo. ¿No sería entonces que lo que el sospechaba de mí, en realidad, era su imagen? Comencé a desconfiar de su fidelidad. Fueron momentos tortuosos, si hay algo que detesto es perseguir a un hombre por celos. Tomé la decisión de observarlo, nada me demostraba que él me mintiera.

          Cierta tarde de sábado, yo iría a su casa y me quedaría con él, como tantas veces. Pero esta vez me dijo que no se sentía bien, que no tenía ganas de nada, consultaría con un psiquiatra pues creía estar en una etapa depresiva. Lo alenté a que lo hiciera, hablamos de la falta de serotonina en el cerebro y las consecuencias de ello. Se persuadió de consultar a un especialista. Luego me dijo que me amaba y se fue a su casa. Algo en mí, no sé qué, me decía “no confíes”… me negaba rotundamente a ese pensamiento, pero él volvía y se justificaba. Estaba sumamente inquieta, sentía inseguridad, dudas, miedo. Me sentía realmente mal, mi mente no cesaba de parlotear, pensamientos en bucle que me lastimaban. Decidí obedecer a ese sentimiento. Lo llamé, no me contestó. Me convencí de ir a su casa, sin avisar, cosa que nunca hice. Cuando iba de camino me devuelve el llamado diciéndome que estaba cargando combustible, que cuando llegara a su casa me haría una video llamada. Estaba atenta, al atenderlo, a los sonidos de fondo. No estaba en un lugar concurrido, parecía estar en un cuarto. Llegué a su casa y su coche no estaba… ¿estaría cargando combustible? Lo esperé en la vereda de enfrente, en un lugar oscuro. Me sentía ridícula, asustada, con temor, temía descubrir algo que no quería. Mis pensamientos se debatían, estaba muy ansiosa, triste de estar en esa situación de espionaje. Pero ya estaba jugada. Solo tenía que esperar. Se demoró cerca de cuarenta y cinco minutos, eternos para mí. Llego en su auto… con una mujer. Se bajó e ingreso a su casa, dejando la mujer en el auto. Me acerqué al portal e hice sonar el portero eléctrico, mi celular sonaba con su video llamada. Pasaron unos instantes eternos y abrió la puerta. Quedó pasmado. En ese momento conocí al verdadero, al mentiroso, al infiel. Sentí dolor, como una flecha clavada en mi corazón. El mundo que conocía se desmorona en un instante, como un espejo roto que refleja miles de fragmentos de lo que alguna vez fue nuestra vida. Cuando descubrí la infidelidad, el primer sentimiento que me invadió fue una frialdad que se extiende desde el pecho hasta las extremidades, un frío que no viene del aire, sino del vacío que de repente se abre en mi corazón. Mis pensamientos se desordenaban como hojas arrastradas por un viento furioso, cada una llevando consigo una memoria de los momentos felices que habíamos compartido. Esos recuerdos, que antes me llenaban de calidez, ahora se volvían afilados y dolorosos, como espinas que se clavan en mi alma. El amor que una vez me hacía sentir tan segura y completa ahora se convertía en una sombra oscura, recordándome la herida abierta en mi pecho. Un dolor sordo, profundo, que late con cada pensamiento, con cada recuerdo, con cada pregunta sin respuesta. Un torbellino de emociones: tristeza, rabia, confusión, y una sensación de pérdida tan grande que parece imposible de soportar. Tantas fueron las emociones que me asaltaron que no pude decir nada. Mi mirada y su mirada lo decían todo. Era el final.

          Volví a mi casa sumida en un abismo de dolor. No entendía, no lo conocía. Él no podía ser así. ¿Por qué si me amaba?  Tanto dolor no lo podía soportar. Sentir que viví en un engaño.

          Luego mi cama, la navaja, el colchón que absorbía ávido la sangre que corría de mis muñecas. Mi mente seguía despierta, repasando cada detalle de nuestra historia, cada mentira, cada promesa rota. Los recuerdos me envolvían como una manta helada, hasta que, finalmente, las heridas en mis muñecas empezaron a arrastrarme hacia el abismo. Sentí cómo mi cuerpo se iba relajando, cómo la consciencia se desvanecía lentamente, llevándome con ella a un lugar donde el dolor no podía seguirme.

Mi último pensamiento fue para él, una imagen borrosa en mi mente, mientras susurraba su nombre una última vez. Pero en el fondo, sabía que ya no importaba. Y entonces, todo se apagó.

El silencio.

La nada.

 

Sandra Brinkworth. 10 de agosto de 2024.

Irrupcion

 

En este día caluroso de diciembre, la tristeza me invade. Como un hornero que construye su nido, ella ha hecho nido en mí. ¿Acaso ve en mi vasto corazón un lugar que necesita ser anidado? ¿Hay, acaso, un grito callado que pide auxilio a la tristeza? No hallo respuestas a estas preguntas, solo siento esa molesta emoción que acaeció en mi ser, asediando cual un león a su presa. No encuentro manera de extirparlo de mí. Quizás deba aceptarlo e invitarlo a afincarse en mí, sin otro propósito que perturbarme. Quizás deba dejarlo en mí sin inmutarme, sin cuestionarlo. ¿Es que acaso pueden irrumpir en mí ser emociones a las que yo deba dejarlas pasar, cual anfitrión resignado?

Intento buscar algo o alguien que logre desembarazarme de la tristeza, porque me niego a que esté en mí. Intuyo que eso que intento no es lo correcto, no es lo seguro.

Tendré, en esta tarde calurosa de verano, que invitarla a quedarse, tendré que agasajarla. Tendré que preguntarle qué desea enseñarme. ¿Qué hay en mí para que ella se halla instalado cual soberana inescrutable? Quizás deba ocupar ese lugar que ella invadió, con amor. Con el amor más puro y necesario. Con amor hacia mi ser. Abrazar toda mi humanidad y aceptarla como a hijo pródigo.

 

Sandra Brinkworth, diciembre de 2024

Mansion esquina Corrientes

 

MANSION ESQUINA CORRIENTES

Heredada mansión

Esquina Corrientes

¿Sobreviví

Entre entes?

Esquina poblada de entes

Entes sombríos

Entes sangrientos

Entes de grito silencioso

Corrí entes, corrí entes

En esquina Corrientes

Maldita mansión

Esquina Corrientes

Me asomé al ventanal

Esquina corrientes

Así corrí entes

Así corrí entes

Caían por él

Con risas jocosas

En la esquina Corrientes

Volvían a entrar

Por el portal

De la esquina Corrientes

Más cínicos

Más etéreos

Mas malignos

¿corrí entes?

¿corrí entes?

¿en esquina Corrientes?

Entes asesinos

Entes dueños

Entes ancestrales

¿corrí entes? ¿corrí entes?

En aquella mansión

Esquina Corrientes

No, no corrí entes

En la maldita mansión

Esquina Corrientes

Entes malditos

Entes esquina Corrientes

Entes me lanzaban

Caí por el ventanal

De la mansión heredada

De la esquina Corrientes

 

Me case

 

Aquí estoy, siendo yo. Rodeada de obras que realicé con mis manos, con mis ideas o desde el amor, como mi hijo. Escuchando una música relajante y placentera. Haciendo lo que me gusta, escribiendo. Planeando lo que quiero, un hogar. Soñando todo lo que puedo lograr.

Ya no hay pasado, solo hoy y yo. Mi alma aquí, con todo su sentimiento y amor para dar. Amor que doy a todo, mis seres queridos, mi perra, mis plantas, mis obras, mis escritos. Es solo eso. Es estar. Sin apuros, condiciones. Sin tener que complacer a nadie. Porque siendo yo misma brindo placer a las personas. Porque sé de mi alma generosa, ingenua, confiada, muchas veces defraudada. Eso no ha impedido que hoy sea yo, como siempre. Mar en calma. Nada ni nadie que atente contra esa calma que tanto me ha costado lograr.

Y si… era el momento ya de casarme, de decirme el “sí, acepto”. De mírame al espejo y saber que soy mi otra mitad. No necesito a nadie. Me amo y me acepto. Acepto vivir conmigo el resto de mi vida. Quizás alguien me acompañe en ese camino hacia el final. Porque de eso se trata la vida, un camino hacia el final. ¿Lo transitare con él?... probablemente sí. Me da la paz que merezco, no intenta batallas necias. No obliga al cambio. Me deja ser. Y yo quiero ser, ser yo.

Al final de mi vida entendí que el único amor de mi vida he sido yo. Intenté sabotearme, traicionarme, maltratarme. Ya no. Me necesito. Me necesito bien.

Sí, me casé. Me di el sí. Me casé conmigo misma.

Sandra Brinkworth, 26 de septiembre de 2024

Mi felonia

 Acabo de cometer una felonía. A lo largo de los milenios he leído y escuchado sobre mí, se ha dicho mucho. Lo más aceptado es lo que está plasmado en las Escrituras. Que mi acto, por ser tesorero de los Apóstoles del Señor, fue por pura mezquindad. Unos treinta tetradracmas de Tiro. Pero nadie sabe, hasta este momento, que mi trato fue con el mismísimo Maligno. El Señor prometía que Él volvería, que tendría vida eterna, sería inmortal. Yo deseaba eso. Despreciaba la idea de un cuerpo añejo, con enfermedades, cercano a la muerte. Ese fue mi trato. Lo logré entregando a Jesús de Nazaret, todo lo demás es historia conocida. Comienzo de la era Cristiana. También se mencionó en las Escrituras dos teorías de mi supuesta muerte. Cuando tuve oportunidad de leerlas sentí ironía. Era la forma en que el Omnipotente supuso que sería un castigo ejemplar para mí.

Tampoco puedo decir que no he vivido bajo la mezquindad, eso me ha servido de manutención en los siglos que lleva mi inmortalidad. En ella hay dos aspectos, el material y el espiritual. En el material puedo decir que he planeado bien mi sustento. Los primeros años me refugié en un pueblo muy lejano como pescador, que es mi oficio, atesorando las treinta monedas. Cuando las personas comenzaron a notar mi falta de envejecimiento recolectaba lo que sabía que con los años tendría valor y me movía a otro destino, dejando amores y amistades. Allí se mezcla un poco la parte espiritual. Siempre fui muy poco apegado, muy cínico y osco. Cosechaba amistades y amantes, incluso hijos, y no me costaba dejarlos atrás sin ninguna explicación.

He visto crecer países, conquistas, en esos tiempos he sido guerrero, obtuve mucho dinero de ello, pues llegaba victorioso en las batallas. Todo lo iba acumulando. Mis ingresos provienen de un anticuario con reliquias exquisitas que he ido coleccionando a lo largo de los años. Con ello hoy soy propietario de una gran fortuna. Durante años me han sobrado mujeres y amistades, hasta que tenía que partir a otra ciudad, para que no sospecharan de lo obvio.

También recuerdo haber oído hablar de un nuevo continente. Lleno de oro y riquezas. Aunque mi avaricia era grande, estaba cómodo en Alemania y no quise moverme de allí.

Cabe destacar la cultura con la que estoy posicionado y las lenguas que manejo. Siempre he sido centro de las reuniones más elegantes. Se me ha tratado como un Sr., en ocasiones como un Sir. Yo despreciaba a la gente vulgar.

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Olvidando mis orígenes de pescador. Con respecto a los idiomas, he preferido en los últimos 50 años conservar mi lengua natal, el hebreo.

Todo lo que cuento en esta misiva llegó a su final. Como habrán leído, me posicioné sobre la humanidad mortal con superioridad. Pero esto llegó a su fin. A continuación relataré los hechos.

Eran las 10:00 horas del Yom Hashoá – de 1929 – cuando en mi ciudad comenzaron a sonar sirenas y todo se colapsó.

Ese fue el fin de lo que consideraba mi vida, aunque seguiría viviendo. Entre el pánico y la confusión, me encontré desnudo con otros hombres, algunos colegas comerciantes o profesionales, frente a soldados de Hitler que nos gritaban, castigaban y mojaban en el frio invierno, con mangueras con agua helada. Estaba en Auschwitz.

Mi mente que se había mantenido sosegada decena de años, disfrutando la inmortalidad, comenzó a sentir una inquietud como nunca antes. Mi mente, siempre templada y arbitraria, comenzó a jugarme una mala pasada. Me preguntaba si será que quizás mi cuerpo era inmortal pero mi mente, ¿alma? había empezado a sucumbir y a sentir. No sentía pena por los demás, en iguales condiciones que yo. Sentía pena por mí. Y por primera vez sentía que no tenía salida. La guerra apenas había empezado y no sabía cuándo finalizaría. En síntesis, mi calvario era indeterminado.

Las penurias que fui pasando por semanas y meses eran eternas, y aun me mantenía sano, pero mi cuerpo lentamente se deterioraba, aunque no iba a sucumbir nunca. Comencé a pensar en el suicidio. Muchos de los que estábamos en el campo lo hacíamos. Algunos lo llevaron a cabo.

Yo sabía que no moriría. Pero mi mente estaba enloqueciendo. Cerraba los ojos y veía al demonio recordándome el trato. Despertaba con sollozos. ¿Cómo explicarlo a los demás?

Un atardecer gris y frio, cuando volvíamos de cavar unos túneles de minería, dije: basta! Tomé coraje y me lancé, trepé al muro y me tomé con fuerza a las cercas electrificadas. Sentí la corriente recorrer mi cuerpo. Caí.

Abrí los ojos, un oficial nazi me miraba azorado. Él no entendía como había sobrevivido a ciento cincuenta voltios en mi cuerpo, debería estar humeando y muerto. Pero no. Yo solo imaginaba el castigo que me esperaría.

Y efectivamente, fui duramente castigado. Mi cuerpo se lastimaba, pero una noche en las literas lo sanaban. Para admiración de los soldados nazis, al día

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siguiente estaba presto para seguir trabajando. Notaba como todos susurraban sobre mí. A ellos les era muy útil aunque envidiaban mi fortaleza. A mis colegas judíos les despertaba envidia, admiración, me pedían consejo. Yo los despreciaba. Veía sus cuerpos sucumbir. Pero sus almas no. Comenzaba a preguntarme que era eso del alma. Si es que existía, en mí estaba sucumbiendo, eso deseaba acabar con mi existencia. Al final Jesús de Nazaret tendría razón. Sería esa la vida eterna. La del alma. Yo la quería exterminar. Estaba cansado. Ya había vivido en esta tierra lo suficiente, y ahora encerrado en este campo de concentración, entre tanta miseria. Y mi cuerpo que resurgía.

El Omnipotente sabía que ese, al fin, sería el castigo ejemplar para mí.


Sandra Brinkworth 1 de junio de 2024

Bella mujer, hermana distante

 

                     Sus cabellos rubios rodeaban, es más, acariciaban su rostro de tez blanquecina. Sus ojos enormes revestidos con largas y tupidas pestañas, miraban inquietos. Su cuerpo denotaba la necesidad de un ir y venir bullicioso. Debajo de una aparente firmeza se ocultaba un corazón enorme, capaz de darlo todo sin pedir nada a cambio. Aparentemente imperturbable, su alma se sacudía ante cada vaivén de la vida.

                     Debajo de su coraza de mujer empoderada se hallaba una niña que sufría, cual si ese dolor le fuera impartido sin poder ella desprenderse de él. Nunca la vi llorar, pero sus ojos, sus manos, su cuerpo, muchas veces lloró a gritos por personas que la habían dañado aprovechándose de su corazón noble y entregado.

                     Quizás no haya planeado su presente, quizás soñó con una vida diferente. Pero, la vida inoportuna y tenaz se impuso. Formó un nido y vivió por esos pichones que lentamente fueron creciendo. Fueron su esmero y la felicidad propia se trasladó a ellos. Quizás hubo algún mandato heredado involuntariamente. Pero ella no lo cuestionó. Amaba sus retoños y no renunciaría a ellos.

                     Amiga entregada y noble, supo cosechar amistades a quienes nunca abandonaría. Sabía rodearse de cuando en cuando de ellas, no obstante la distancia que las separaba.

                     En su pequeño mundo, rodeada de sus hijos, vivía en soledad. Una sociedad que no supo valorar la inmensidad de su humanidad la dejó relegada a su hogar. En el era diligente e imprescindible, entregada pero resignada.

                     ¿Cómo duele comprobar que no ha podido ser plenamente venturosa, que su felicidad han sido sólo sus retoños? Que no se ha valorado ni percatado de su gran potencial, inteligencia e instrucción. Una mujer que puede contra todo, que cada herida la ha hecho más fuerte. Me niego a aceptar que ella sea condescendiente con lo que le ha tocado vivir.

                     Pero, ¡qué puede este insignificante ser diligenciar por ella!... me consuela ser solo su escucha, que ella intuya que allí estaré cuando me necesite.

                     Nunca encontré en mi vida tanta capacidad, bondad, entrega… palabras que no caben en un corazón, nunca me percaté de alguien que deje su vida por vivir otra que no habría planeado.

                     Quizás haya un mundo paralelo, y allí esté ella, cual una diosa venerada, cumpliendo sus fantasías y siendo la persona que siempre quiso ser.

Sandra Brinkworth, diciembre 2023.

Universos paralelos

 

        Era una tarde templada de septiembre. Ella estaba tranquila en su casa, su hijo había regresado del Conservatorio y andaba rondando por la casa. De pronto oyó  el sonido bullicioso del vehículo de él. Como lo hiciera siempre, correspondiendo a su carácter aturdido, entró sin llamar a la puerta. Ella estaba sentada en el comedor escuchando la música que tanto amaba. Por un instante se sintió intimidada, como era habitual. Estaba acostumbrada a sentir aquello, también era frecuente dejarse a sí misma en último lugar.

          Él estaba frenético y apresurado, traía una propuesta, es más, una imposición. Ésta era la siguiente: para él ya era suficiente el tiempo de noviazgo, ya era tiempo que ella se fuera a vivir con él, de lo contrario, él la dejaría.

          Ella se quedó pasmada, no se lo esperaba. Sintió miedo a la soledad. Su hijo no pasaba mucho tiempo con ella. Se sentiría sola. Se sentiría vacía. Le dijo que sí.

 

          Lo que siguió solo este narrador omnisciente lo sabe. Él engañándola con cuanta mujer podía, ella relegada al hogar atendiéndolo. Hasta que llegó un día, el día del aniversario. Él la saludó con total naturalidad. Ella también, sin saber que las aguas del Mar Rojo que Moisés separó caerían entre ambos como una muralla impenetrable. Él estaba inquieto, sus ojos demostraban desprecio, miedo, confusión, su cuerpo, nerviosismo, todo él era una vorágine de sentimientos encontrados. Ella lo observaba desconcertada, sin entender que sucedía. De pronto la casa parecía un agujero negro que la absorbía, y él un demonio en plena furia. Él no podía musitar palabras, ella susurró: ¿qué pasa amor?. Y de él brotaron las palabras que ella nunca entendió: “se acabó el amor”. Y lo que sigue el lector lo imaginará. Ella llorando, él echando culpas, ella defendiéndose, el carente de empatía abriendo el coche, ella cogiendo sus pertenencias más necesarias, él ya esperándola en el coche… Y afuera llovía, para ella las gotas de agua eran agujas que se le clavaban porque sabía que era el fin.

 

          Pero qué puede este narrador diligenciar por esa mujer que lo entregó todo, que dejó de vivir su vida por él. Sólo imaginar que sí, que existe un mundo paralelo donde ella aprendió a amarse, donde a esa imposición de vivir con él dijo “no”. Y en su mundo fue una diosa venerada por su belleza, su inteligencia, su arte, su sapiencia. Allí, en ese mundo ella descollaba por sus capacidades. Comenzaba a dedicarse a la pintura, algo que hacía muy bien. Comenzaba a escribir y plasmar en el papel todo su sentimiento. Y lo más importante comenzaba a percatarse que ningún hombre le daría el amor que ella necesitaba, porque ese amor, era el amor más puro y más sano, el amor hacia ella misma, la fortaleza, la independencia y la felicidad

          Y déjeme decirle amigo lector que estos dos mundos existieron, no simultáneos, consecutivos. Después del dolor de una traición, como ave fénix renació de sus cenizas y lo está narrando.

Sandra Brinkworth 02/05/2024

Tu voz a gritos

 

Tu voz a gritos

Me ata la vida

Esa esquiva luz, frondosa cuando quiere,

Temerosa cuando siente,

Me acerca a ti, aunque ya caduco,

no esas aquí.

Pero mi corazón te sigue llamando

Mi voz gritando.

Acaso no oís los gritos silentes

de una voz atormentada.

Callada por no merecer.

Callada por no ser.

Callada porque ahora sólo yo

sé el amor que nos tuvimos

Y, aun así, aquí, en esta orilla

Me ata la vida

A vos te ata la muerte.

Cuantas palabras se callaron y se fueron en ti

Cuántos perdones,

cuántos te amo.

Cuántos te prometo.

Pero la vida fue más voraz

Te hizo actuar como si la muerte no existiera

Y ella te encontró y te silenció

¿Y yo nunca sabré por qué?

¿Y yo nunca entenderé por qué?

 

Sandra Brinkworth, 15 de noviembre de 2024