viernes, 20 de diciembre de 2024

Evangelio según San Marcos. Jorge Luis Borges

 EL EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS.

El hecho sucedió en la estancia La Colorada, en el partido de Junín, hacia el sur, en los últimos días del mes de marzo de 1928. Su protagonista fue un estu-diante de medicina, Baltasar Espinosa. Podemos defi-nirlo por ahora como uno de tantos muchachos porte-ños, sin otros rasgos dignos de nota que esa facultad oratoria que le había hecho merecer más de un premio en el colegio inglés de Ramos Mejía y que una casi ilimitada bondad. No le gustaba discutir; prefería que el interlocutor tuviera razón y no él. Aunque los azares del juego le interesaban, era un mal jugador, porque le desagradaba ganar. Su abierta inteligencia era perezo-sa; a los treinta y tres años le faltaba rendir una mate-ria para graduarse, la que más lo atraía. Su padre, que era librepensador, como todos los señores de su época, lo había instruido en la doctrina de Herbert Spencer, pero su madre, antes de un viaje a Montevideo, le pi-dió que todas las noches rezara el Padrenuestro e hiciera la señal de la cruz. A lo largo de los años no había quebrado nunca esa promesa. No carecía de co-raje; una mañana había cambiado, con más indiferen-cia que ira, dos o tres puñetazos con un grupo de com-pañeros que querían forzarlo a participar en una huelga universitaria. Abundaba, por espíritu de aquiescencia, en opiniones o hábitos discutibles: el país le importaba menos que el riesgo de que en otras partes creyeran que usamos plumas; veneraba a Francia pero menos-preciaba a los franceses; tenía en poco a los america-nos, pero aprobaba el hecho de que hubiera rascacielos en Buenos Aires; creía que los gauchos de la llanura son mejores jinetes que los de las cuchillas o los ce-rros. Cuando Daniel, su primo, le propuso veranear en La Colorada, dijo inmediatamente que sí, no porque le gustara el campo sino por natural complacencia y por-que no buscó razones válidas para decir que no.

El, casco de la estancia era grande y un poco aban-donado; las dependencias del capataz, que se llamaba Gutre, estaban muy cerca. Los Gutres eran tres: el pa-dre, el hijo, que era singularmente tosco, y una muchacha de incierta paternidad. Eran altos, fuertes, huesu-dos, de pelo que tiraba a rojizo y de caras aindiadas. Casi no hablaban. La mujer del capataz había muerto hace años.

Espinosa, en el campo, fue aprendiendo cosas que no sabía y que no sospechaba. Por ejemplo, que no hay que galopar cuando uno se está acercando a las casas y que nadie sale a andar a caballo sino para cumplir con una tarea. Con el tiempo llegaría a distinguir los pája-ros por el grito.

A los pocos días, Daniel tuvo que ausentarse a la capital para cerrar una operación de animales. A lo sumo, el negocio le tomaría una semana. Espinosa, que ya estaba un poco harto de las bonnes fortunes de su primo y de su infatigable interés por las variaciones de la sastrería, prefirió quedarse en la estancia, con sus libros de texto. El calor apretaba y ni siquiera la noche traía un alivio. El viento zamarreaba las casuarinas. Espinosa oyó las primeras gotas y dio gracias a Dios. El aire frío vino de golpe. Esa tarde, el Salado se desbordó.

Al otro día, Baltasar Espinosa, mirando desde la ga-lería los campos anegados, pensó que la metáfora que equipara la pampa con el mar no era, por lo menos esa mañana, del todo falsa, aunque Hudson había dejado escrito que el mar nos parece más grande, porque lo vemos desde la cubierta del barco y no desde el caba-llo o desde nuestra altura. La lluvia no cejaba; los Gu-tres, ayudados o incomodados por el pueblero, salva-ron buena parte de la hacienda, aunque hubo muchos animales ahogados. Los caminos para llegar a La Co-lorada eran cuatro: a todos los cubrieron las aguas. Al tercer día, una gotera amenazó la casa del capataz; Espinosa le dio una habitación que quedaba en el fon-do, al lado del galpón de las herramientas. La mudanza los fue acercando; comían juntos en el gran comedor. El diálogo resultaba difícil; los Gutres, que sabían tan-tas cosas en materia de campo, no sabían explicarlas. Una noche, Espinosa les preguntó si la gente guardaba algún recuerdo de los malones, cuando la comandancia estaba en Junín. Le dijeron que sí, pero lo mismo hubieran contestado a una pregunta sobre la ejecución de Carlos Primero. Espinosa recordó que su padre so-lía decir que casi todos los casos de longevidad que se dan en el campo son casos de mala memoria o de un concepto vago de las fechas. Los gauchos suelen igno-rar por igual el año en que nacieron y el nombre de quien los engendró.

En toda la casa no había otros libros que una serie de la revista La Chacra, un manual de veterinaria, un ejemplar de lujo del Tabaré, una Historia del Short-horn en la Argentina, unos cuantos relatos eróticos o policiales y una novela reciente: Don Segundo Som-bra. Espinosa, para distraer de algún modo la sobre-mesa inevitable, leyó un par de capítulos a los Gutres, que eran analfabetos. Desgraciadamente, el capataz había sido tropero y no le podían importar las andan-zas de otro. Dijo que ese trabajo era liviano, que lleva-ban siempre un carguero con todo lo que se precisa y que, de no haber sido tropero, no habría llegado nunca hasta la Laguna de Gómez, hasta el Bragado y hasta los campos de los Núñez, en Chacabuco. En la cocina había una guitarra; los peones, antes de los hechos que narro, se sentaban en rueda; alguien la templaba y no llegaba nunca a tocar. Esto se llamaba una guitarreada.

Espinosa, que se había dejado crecer la barba, solía demorarse ante el espejo para mirar su cara cambiada y sonreía al pensar que en Buenos Aires aburriría a los muchachos con el relato de la inundación del Salado. Curiosamente, extrañaba lugares a los que no iba nun-ca y no iría: una esquina de la calle Cabrera en la que hay un buzón, unos leones de mampostería en un por-tón de la calle Jujuy, a unas cuadras del Once, un al-macén con piso de baldosa que no sabía muy bien donde estaba. En cuanto a sus hermanos y a su padre, ya sabrían por Daniel que estaba aislado –la palabra, etimológicamente, era justa– por la creciente.

Explorando la casa, siempre cercada por las aguas, dio con una Biblia en inglés. En las páginas finales los Guthrie –tal era su nombre genuino– habían dejado escrita su historia. Eran oriundos de Inverness, habían arribado a este continente, sin duda como peones, a principios del siglo diecinueve, y se habían cruzado

con indios. La crónica cesaba hacia mil ochocientos setenta y tantos; ya no sabían escribir. Al cabo de unas pocas generaciones habían olvidado el inglés; el caste-llano, cuando Espinosa los conoció, les daba trabajo. Carecían de fe, pero en su sangre perduraban, como rastros oscuros, el duro fanatismo del calvinista y las supersticiones del pampa. Espinosa les habló de su hallazgo y casi no escucharon.

Hojeó el volumen y sus dedos lo abrieron en el co-mienzo del Evangelio según Marcos. Para ejercitarse en la traducción y acaso para ver si entendían algo, decidió leerles ese texto después de la comida. Le sor-prendió que lo escucharan con atención y luego con callado interés. Acaso la presencia de las letras de oro en la tapa le diera más autoridad. Lo llevan en la san-gre, pensó. También se le ocurrió que los hombres, a lo largo del tiempo, han repetido siempre dos historias: la de un bajel perdido que busca por los mares medite-rráneos una isla querida, y la de un dios que se hace crucificar en el Gólgota. Recordó las clases de elocu-ción en Ramos Mejía y se ponía de pie para predicar las parábolas.

Los Gutres despachaban la carne asada y las sardi-nas para no demorar el Evangelio.

Una corderita que la muchacha mimaba y adornaba con una cintita celeste se lastimó con un alambrado de púa. Para parar la sangre querían ponerle una telaraña; Espinosa la curó con unas pastillas. La gratitud que esa curación despertó no dejó de asombrarlo. Al principio había desconfiado de los Gutres y había escondido en uno de sus libros los doscientos cuarenta pesos que llevaba consigo; ahora, ausente el patrón, él había to-mado su lugar y daba órdenes tímidas, que eran inme-diatamente acatadas. Los Gutre lo seguían por las pie-zas y por el corredor, como si anduvieran perdidos. Mientras leía, notó que le retiraban las migas que él había dejado sobre la mesa. Una tarde los sorprendió hablando de él con respeto y pocas palabras. Conclui-do el Evangelio según Marcos, quiso leer otro de los tres que faltaban; el padre le pidió que repitiera el que ya había leído, para entenderlo bien. Espinosa sintió que eran como niños, a quienes la repetición les agrada más que la variación o la novedad. Una noche soñó con el Diluvio, lo cual no es de extrañar; los martilla-zos de la fabricación del arca lo despertaron y pensó que acaso eran truenos. En efecto, la lluvia, que había amainado, volvió a recrudecer. El frío era intenso. Le dijeron que el temporal había roto el techo del galpón de las herramientas y que iban a mostrárselo cuando estuvieran arregladas las vigas. Ya no era un forastero y todos lo trataban con atención y casi lo mimaban. A ninguno le gustaba el café, pero había siempre una tacita para él, que colmaban de azúcar.

El temporal ocurrió un martes. El jueves a la noche lo recordó un golpecito suave en la puerta que, por las dudas, él siempre cerraba con llave. Se levantó y abrió: era la muchacha. En la oscuridad no la vio, pero por los pasos notó que estaba descalza y después, en el lecho, que había venido desde el fondo, desnuda. No lo abrazó, no dijo una sola palabra; se tendió junto a él y estaba temblando. Era la primera vez que conocía a un hombre. Cuando se fue, no le dio un beso; Espinosa pensó que ni siquiera sabía cómo se llamaba. Urgido por una íntima razón que no trató de averiguar, juró que en Buenos Aires no le contaría a nadie esa historia.

El día siguiente comenzó como los anteriores, salvo que el padre habló con Espinosa y le preguntó si Cristo se dejó matar para salvar a todos los hombres. Espino-sa, que era librepensador pero que se vio obligado a justificar lo que les había leído, le contestó:

—Sí. Para salvar a todos del infierno.

Gutre le dijo entonces:

— ¿Qué es el infierno?

—Un lugar bajo tierra donde las ánimas arderán y arderán.

—¿Y también se salvaron los que le clavaron los clavos?

—Sí –replicó Espinosa, cuya teología era incierta.

Había temido que el capataz le exigiera cuentas de lo ocurrido anoche con su hija.

Después del almuerzo, le pidieron que releyera los últimos capítulos.

Espinosa durmió una siesta larga, un leve sueño in-terrumpido por persistentes martillos y por vagas pre-moniciones. Hacia el atardecer se levantó y salió al corredor. Dijo como si pensara en voz alta:

—Las aguas están bajas. Ya falta poco.

—Ya falta poco –repitió Gutre, como un eco.

Los tres lo habían seguido. Hincados en el piso de piedra le pidieron la bendición. Después lo maldijeron, lo escupieron y lo empujaron hasta el fondo. La muchacha lloraba. Cuando abrieron la puerta, vio el firmamento. Un pájaro gritó; pensó: Es un jilguero. El galpón estaba sin techo; habían arrancado las vigas para construir la Cruz.

Adolfo

 

Solitario. Mirada divagante. Un niño que no logró ser feliz. Viviendo bajo el tormento de su padre y sus castigos físicos. Soportaste tu realidad endureciendo tu corazón.

Cuando fuiste creciendo descubriste un amor hacia las artes, la pintura. Pintaste diversos cuadros. Edificios, paisajes. No te entregabas a plasmar personas en tus obras. Hubo quizás, ahí, un bosquejo de lo que llegarías a ser.

Solitario, sí. Dejaste tus estudios y viajaste a Viena, dejando atrás tu Austria natal. Intentaste en vano, en dos oportunidades, ingresar a la academia de Bellas Artes. Fuiste rechazado. Hubo, quizás, ahí, un indicio de tu gran rencor hacia las personas.

Sufriste las consecuencias de la Primera Guerra Mundial. Viste los horrores de la guerra. Te refugiabas en tus lienzos. Pero es ambiguo porque tu iniciaste una Segunda Guerra.

¿Por qué fuiste amasando tanto odio? ¿Por qué, si tenías un alma de artista, comenzaste guerras y exterminios? Eras multifacético y nadie logro conocer tus pensamientos más íntimos.

Con solo nombrarte, despiertas el odio de todas las personas. Podías haber seguido tu instinto de artista. Pero aniquilaste con tu odio a tantas personas.

Una niña escondida en un desván, sufriendo consecuencias de tener sangre de una raza despreciada por ti. Pero tu sangre era igual a la de ella y a la mía. Eso no importó y mediante personas, soldados, adiestrados a matar, te llevaste la vida de Ana. De ella y de una cantidad extrema de seres humanos. Sufrieron bajo tu yugo por ser diferentes.

Nunca te arrepentiste de nada. Cuando viste la guerra que iniciaste acabar, con resultados negativos para tu misión, no tuviste el valor de enfrentar tus alevosías.

Te fuiste con la misma violencia que entraste al poder.

Hombre pequeño, diminuto ser, ¿Dónde cabía tanto odio? Formaste y escribiste con sangre inocente una etapa de la historia que nos duele. Un hombre pequeño, artista frustrado, realizó a través de su gobierno, la matanza más injusta y dolorosa de la humanidad.

Te fuiste y no pagaste por tus errores.

Hombre pequeño.

miércoles, 18 de diciembre de 2024

Cristo en la cruz - Jorge Luis Borges


 Los pies tocan la tierra.

Los tres maderos son de igual altura.

Cristo no está en el medio. Es el tercero.

La negra barba pende sobre el pecho.

El rostro no es el rostro de las láminas.

Es áspero y judío. No lo veo

y seguiré buscándolo hasta el día

último de mis pasos por la tierra.

El hombre quebrantado sufre y calla.

La corona de espinas lo lastima.

No lo alcanza la befa de la plebe

que ha visto su agonía tantas veces.

La suya o la de otro. Da lo mismo.

Cristo en la cruz. Desordenadamente

piensa en el reino que tal vez lo espera,

piensa en una mujer que no fue suya.

No le está dado ver la teología,

la indescifrable Trinidad, los gnósticos,

las catedrales, la navaja de Ockham,

la púrpura, la mitra, la liturgia,

la conversión de Guthrum por la espada,

la Inquisición, la sangre de los mártires,

las atroces Cruzadas, Juana de Arco,

el Vaticano que bendice ejércitos.

Sabe que no es un dios y que es un hombre

que muere con el día. No le importa.

Le importa el duro hierro de los clavos.

No es un romano. No es un griego. Gime.

Nos ha dejado espléndidas metáforas

y una doctrina del perdón que puede

anular el pasado. (Esa sentencia

la escribió un irlandés en una cárcel.)

El alma busca el fin, apresurada.

Ha oscurecido un poco. Ya se ha muerto.

Anda una mosca por la carne quieta.

¿De qué puede servirme que aquel hombre

haya sufrido, si yo sufro ahora?

Cristo en la cruz - Jorge Luis Borges

Vacío

 

El silencio redunda en la casa

Habitaciones vacías, agujeros negros

Penumbras en los rincones

Rosas marchitas


Aturdida con el silencio

Huyo hacia lugares desconocidos

Necesito hallarte

Necesito preguntarte

Necesito saber


En esta casa, las palabras emergen

Ignoradas por oídos sordos


Te has llevado la melodía

La cadencia de la vida

Te fuiste sin decirme adiós

Mis ojos empapados de ausencia

Mis manos repletas de desamor

¿Por qué partiste cuando te necesitaba?


Mi llanto ahogado

Mi espalda flácida

Palabras en el vacío

Amor desahuciado

Te fuiste

Aquí dejaste tu nada

Aquí dejaste mi ser