sábado, 7 de diciembre de 2024

Ocaso

 

El amante

            El sol se aferraba al imponente muro color gris acero. Ella, sentada al borde de la alberca miraba, como siempre. Su mirada fija en la nada; sus ojos brillaban… y brillaban, con ese brillo especial que tenían. No era el reflejo del agua apacible, no el reflejo del astro que se retiraba en el poniente. Era el reflejo de su ser, un ser infinito, un ser que él avizoraba… es más, admiraba. Ella no se percataba, pero él siempre ante ella se extasiaba. A veces, en sus largas y amenas pláticas se lo hacía saber; ella siempre giraba el tema de la charla hacia otra dirección, como si hablar de sus encantos fuese algo ignominioso. Cuando de discursear de sus fallos se trataba, pareciera que ella los relucía con gran porte.

            Había un leitmotiv que no se podía tratar. En cierta oportunidad él estuvo parloteando alrededor de tres horas sobre eso, ella lo miraba… él la observaba. Él hubiera jurado que sus palabras eran agujas. Se clavaban en ella y rebotaban en los cristales; resonaban agudas como la erupción  volcán Krakatoa. Otras  golpeteaban en el techo de madera a dos aguas y eran graves como un contrabajo empeñado en resonar. Hubiera jurado que vio caer una gota de sangre de su oído izquierdo. Hasta que por fin tomo coraje, cual venado en manos de un león, y le pidió que acabase. Ese tema nunca más.

            Comprenderán, para un ser bullicioso, dueño de la verdad, sobrado de sí mismo, ese nunca más… fue una piedra en un estanque… pronto las ondas dejaron de mover el agua… y se tranquilizaron. Y él pudo otra vez, pícaramente, lanzar otra piedra, por su bien…

 

Ella

            La habitación estaba en penumbras, a pesar que hacía horas había empezado el día. Ella comenzó a escuchar el sonido de la calle e inmediatamente miró el reloj. Acto seguido su mente se le ensombreció del recurrente pensamiento que la invadía hace tiempo… “otro día más”. No lo podía evitar. Desde aquel mayo del accidente todo cambió. Su vida se tornó tan triste. ¿Cómo podía saber que era tan frágil? Ella, que defendía como leona a su vástago, que se interponía ante todos por sus niños del colegio, que defendía a su familia con uñas y dientes. Era tan fuerte en esos momentos. Era como “Los Fuegos” de Eduardo Galeano, brillaba tanto que quemaba… y ahora… solo era un fuego bobo, que no brillaba ni quemaba. Y no le quedaba más que levantar su cuerpo, que le molestaba, de la cama y dirigirse a la cocina, pronto vendría él. Y la comida debería estar hecha.

            En esos momentos en que sus alas no podían volar se había vuelto insustancial… a tal punto que se pasaba perdiendo el tiempo mirando videos tontos que no le aportaban nada, y ella no era así. Ella tenía tanto, sabia tanto… ¿pero con quién compartirlo? Estaba sola. Él no compartía con ella sus mismos intereses. Un día, a principios de su convivencia con él, leyó un texto de Julio Cortázar y quedo extasiada, y lo quiso  compartir con él. A regañadientes él lo leyó. Y al terminar manifestó: “no lo entiendo”. Ella sintió un nudo en la garganta y hubiese jurado que las aguas del Mar Rojo que separó Moisés habían caído entre ambos… y calló. Y el abismo entre ellos ya nunca se cerró. Ella no se atrevió nunca más a compartir su mundo con él. Tenía con quien compartirlo y era la persona a quien más amaba, a quien había dado la vida.

            Cierto fin de semana en que él tuvo que viajar, ella se quedó sola, pero ese día en particular estaba con su hijo. Ella se fue a duchar, dejó su móvil cerca de la alberca donde estaba su hijo. Cuando volvió su móvil sonaba insistente, era una videollamada de él.

-       ¿Con quién estás?

-       Con mi hijo

-       ¡¡¡¡¡Mentira, llevaste a un hombre a mi casa!!!!

-       ¡¡¡¡¡No!!!! ¿Cómo se te ocurre que puedo hacer algo así?

Y la discusión siguió. Su hijo se rió, es un perseguido, dijo. Y ella pensó cómo él podría desconfiar de ella. Y le dolió mucho. Pues nunca dejó de desconfiar. Y como este narrador omnisciente lo ha mencionado ya, a ella su cuerpo le molestaba ¡cómo podría encontrar placer en éste, si no fuese por amor!

El amante

            Habían pasado las festividades. El continuó con sus actitudes libertinas, que habían sido esporádicas, pero comenzando enero se centró en una sola mujer. No era la suya, la que lo esperaba en su casa todos los días, anhelante, era otra. Muy distinta a ella, quizás más sencilla, sin menos universos interiores. Eso lo hacía sentir bien. Hacía que él vuelva a tener el control.

            Se aproximaba el viaje al exterior tan anhelado por él y ella. Para ella era más especial. Hacía muchos años que no iba a ese lugar. Él había sido más asiduo. Siempre le preguntaba si podría hacer el viaje con la consecuencias inminentes del accidente, ella le decía que sí. Nunca lo dudaba. Él no estaba convencido. Como está en la naturaleza humana desde los primates, buscaba la solución más fácil – la navaja de ockham – ir con esta mujer sencilla, simplona, aunque esto le implicara tener que cargar con los costes de su viaje. No le importaba. Ella parecía no sospechar nada. No, no sospechaba nada, su actitud era la misma frente a él, dedicada a todo lo que el necesitara. ¿Sabría lo que él estaba elucubrando? No parecía.

            En la psique de él comenzó una confusión. Decidió retomar sus sesiones con su terapeuta. Quizás para aliviar la culpa. Quizás para buscar una forma sutil de desembarazarse de ella. Pero él no era portador de sutileza. Era atolondrado, fluctuante, vivía agobiado de apremios inexistentes.

            De esta manera transcurre  el caluroso mes de enero. Ella escribía mucho, y leía. Él vivía su vida paralela. Pronto llegaría su aniversario y luego el tan anhelado viaje. Él sabía que habría muchos cambios. Ella soñaba con el viaje y ver los atardeceres en el mar con su compañía.

Ella

Estaba transitando enero. Una época para ella harto desagradable. Despreciaba el calor. La sumía en una inacción que sólo esperaba la noche para disfrutar de un poco de sosiego. Pero pronto vendría el tan deseado viaje. Y se sentía feliz por ello, aunque lo que la hubiera hecho completamente feliz hubiera sido que su hijo viajara con ellos. Nunca se atrevió a mencionárselo a él. Sabía que le diría que no. A veces, en los tantos viajes que hacían a lugares bellísimos, ella sentía culpa de que su hijo no estuviera allí para disfrutar esos momentos; su felicidad hubiera sido completa.

Él había comenzado a mediados de enero con su terapeuta, ella comenzó a sentirse un poco intranquila. Cargaba sobre sus hombros una cruz invisible, tallada con sus propios errores, esto la hacía sentir que algo en ella estaba mal por eso él iba a terapia. Un pensamiento algo intrincado. Pero fue una alarma que se encendió dentro de su ser. Se dijo, algo le está pasando. Y efectivamente, dentro de él había una vorágine de emociones encontradas.

Llegó el día de su segundo aniversario, no laborable, ella aun remoloneando en la cama recibe un mensaje en su móvil de él, quien estaba cerca de la alberca, “Feliz Aniversario amor”. Ella lo agradeció, le envió un corazón y procedió a vestirse para su encuentro. Para el encuentro con él, con el de siempre, o casi siempre…

 

El amante y ella

            Era el día de su aniversario, como es esperable, le envió un mensaje a ella que aún estaba en la cama.

            Pero el mensaje decía algo contrario a lo que su mente, perturbada por un torbellino de emociones, estaba pensando. Y de repente hasta le cambió el color de sus ojos profundos, su postura física, ya no estaba sentado, merodeaba. Estaba inquieto. Hacía minutos estaba el mar en calma, pero en un segundo estalló un tsunami y con él se llevó dos años de amor, de recuerdos de vivencias, confidencias… todo se fue.

            Cuando ella llegó hacia él con una sonrisa, encontró un muro distante, cerrado, enorme, tan enorme que ya no cabía en la habitación. Y ella, que siempre supo leer miradas, gestos, actitudes, sentimientos, no dudó un momento de que algo había pasado en el corazón y el alma de ese hombre inestable. Adivinó el fin. Le resonaron sus palabras en todas las células de su cuerpo. Palabras que nunca comprendió: “se acabó el amor”.

            Y tras ello todo lo que usted lector imaginará, él echando culpas, ella defendiéndose, él gritando, ella llorando, él abriendo el vehículo ella cargando las cosas más necesarias. Y afuera llovía, y las gotas eran, para ella, agujas que la perforaban porque era el fin.

Sandra, 19 de abril de 2024

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