El amante
El
sol se aferraba al imponente muro color gris acero. Ella, sentada al borde de
la alberca miraba, como siempre. Su mirada fija en la nada; sus ojos brillaban…
y brillaban, con ese brillo especial que tenían. No era el reflejo del agua apacible,
no el reflejo del astro que se retiraba en el poniente. Era el reflejo de su
ser, un ser infinito, un ser que él avizoraba… es más, admiraba. Ella no se
percataba, pero él siempre ante ella se extasiaba. A veces, en sus largas y
amenas pláticas se lo hacía saber; ella siempre giraba el tema de la charla
hacia otra dirección, como si hablar de sus encantos fuese algo ignominioso.
Cuando de discursear de sus fallos se trataba, pareciera que ella los relucía
con gran porte.
Había
un leitmotiv que no se podía tratar. En cierta oportunidad él estuvo
parloteando alrededor de tres horas sobre eso, ella lo miraba… él la observaba.
Él hubiera jurado que sus palabras eran agujas. Se clavaban en ella y rebotaban
en los cristales; resonaban agudas como la erupción volcán Krakatoa. Otras golpeteaban en el techo de madera a dos aguas
y eran graves como un contrabajo empeñado en resonar. Hubiera jurado que vio
caer una gota de sangre de su oído izquierdo. Hasta que por fin tomo coraje,
cual venado en manos de un león, y le pidió que acabase. Ese tema nunca más.
Comprenderán,
para un ser bullicioso, dueño de la verdad, sobrado de sí mismo, ese nunca más…
fue una piedra en un estanque… pronto las ondas dejaron de mover el agua… y se
tranquilizaron. Y él pudo otra vez, pícaramente, lanzar otra piedra, por su
bien…
Ella
La
habitación estaba en penumbras, a pesar que hacía horas había empezado el día.
Ella comenzó a escuchar el sonido de la calle e inmediatamente miró el reloj.
Acto seguido su mente se le ensombreció del recurrente pensamiento que la invadía
hace tiempo… “otro día más”. No lo podía evitar. Desde aquel mayo del accidente
todo cambió. Su vida se tornó tan triste. ¿Cómo podía saber que era tan frágil?
Ella, que defendía como leona a su vástago, que se interponía ante todos por
sus niños del colegio, que defendía a su familia con uñas y dientes. Era tan
fuerte en esos momentos. Era como “Los Fuegos” de Eduardo Galeano, brillaba
tanto que quemaba… y ahora… solo era un fuego bobo, que no brillaba ni quemaba.
Y no le quedaba más que levantar su cuerpo, que le molestaba, de la cama y
dirigirse a la cocina, pronto vendría él. Y la comida debería estar hecha.
En
esos momentos en que sus alas no podían volar se había vuelto insustancial… a
tal punto que se pasaba perdiendo el tiempo mirando videos tontos que no le
aportaban nada, y ella no era así. Ella tenía tanto, sabia tanto… ¿pero con
quién compartirlo? Estaba sola. Él no compartía con ella sus mismos intereses.
Un día, a principios de su convivencia con él, leyó un texto de Julio Cortázar
y quedo extasiada, y lo quiso compartir
con él. A regañadientes él lo leyó. Y al terminar manifestó: “no lo entiendo”. Ella
sintió un nudo en la garganta y hubiese jurado que las aguas del Mar Rojo que
separó Moisés habían caído entre ambos… y calló. Y el abismo entre ellos ya
nunca se cerró. Ella no se atrevió nunca más a compartir su mundo con él. Tenía
con quien compartirlo y era la persona a quien más amaba, a quien había dado la
vida.
Cierto
fin de semana en que él tuvo que viajar, ella se quedó sola, pero ese día en
particular estaba con su hijo. Ella se fue a duchar, dejó su móvil cerca de la
alberca donde estaba su hijo. Cuando volvió su móvil sonaba insistente, era una
videollamada de él.
-
¿Con quién estás?
-
Con mi hijo
-
¡¡¡¡¡Mentira, llevaste a un hombre a mi casa!!!!
-
¡¡¡¡¡No!!!! ¿Cómo se te ocurre que puedo hacer algo así?
Y la discusión
siguió. Su hijo se rió, es un perseguido, dijo. Y ella pensó cómo él podría
desconfiar de ella. Y le dolió mucho. Pues nunca dejó de desconfiar. Y como
este narrador omnisciente lo ha mencionado ya, a ella su cuerpo le molestaba
¡cómo podría encontrar placer en éste, si no fuese por amor!
El amante
Habían
pasado las festividades. El continuó con sus actitudes libertinas, que habían
sido esporádicas, pero comenzando enero se centró en una sola mujer. No era la
suya, la que lo esperaba en su casa todos los días, anhelante, era otra. Muy
distinta a ella, quizás más sencilla, sin menos universos interiores. Eso lo hacía
sentir bien. Hacía que él vuelva a tener el control.
Se
aproximaba el viaje al exterior tan anhelado por él y ella. Para ella era más
especial. Hacía muchos años que no iba a ese lugar. Él había sido más asiduo. Siempre
le preguntaba si podría hacer el viaje con la consecuencias inminentes del
accidente, ella le decía que sí. Nunca lo dudaba. Él no estaba convencido. Como
está en la naturaleza humana desde los primates, buscaba la solución más fácil
– la navaja de ockham – ir con esta mujer sencilla, simplona, aunque esto le
implicara tener que cargar con los costes de su viaje. No le importaba. Ella
parecía no sospechar nada. No, no sospechaba nada, su actitud era la misma
frente a él, dedicada a todo lo que el necesitara. ¿Sabría lo que él estaba
elucubrando? No parecía.
En
la psique de él comenzó una confusión. Decidió retomar sus sesiones con su
terapeuta. Quizás para aliviar la culpa. Quizás para buscar una forma sutil de
desembarazarse de ella. Pero él no era portador de sutileza. Era atolondrado,
fluctuante, vivía agobiado de apremios inexistentes.
De
esta manera transcurre el caluroso mes
de enero. Ella escribía mucho, y leía. Él vivía su vida paralela. Pronto
llegaría su aniversario y luego el tan anhelado viaje. Él sabía que habría
muchos cambios. Ella soñaba con el viaje y ver los atardeceres en el mar con su
compañía.
Ella
Estaba transitando enero. Una época para ella harto
desagradable. Despreciaba el calor. La sumía en una inacción que sólo esperaba
la noche para disfrutar de un poco de sosiego. Pero pronto vendría el tan
deseado viaje. Y se sentía feliz por ello, aunque lo que la hubiera hecho
completamente feliz hubiera sido que su hijo viajara con ellos. Nunca se atrevió
a mencionárselo a él. Sabía que le diría que no. A veces, en los tantos viajes
que hacían a lugares bellísimos, ella sentía culpa de que su hijo no estuviera
allí para disfrutar esos momentos; su felicidad hubiera sido completa.
Él había comenzado a mediados de enero con su
terapeuta, ella comenzó a sentirse un poco intranquila. Cargaba sobre sus
hombros una cruz invisible, tallada con sus propios errores, esto la hacía
sentir que algo en ella estaba mal por eso él iba a terapia. Un pensamiento
algo intrincado. Pero fue una alarma que se encendió dentro de su ser. Se dijo,
algo le está pasando. Y efectivamente, dentro de él había una vorágine de
emociones encontradas.
Llegó el día de su segundo aniversario, no
laborable, ella aun remoloneando en la cama recibe un mensaje en su móvil de él,
quien estaba cerca de la alberca, “Feliz Aniversario amor”. Ella lo agradeció,
le envió un corazón y procedió a vestirse para su encuentro. Para el encuentro
con él, con el de siempre, o casi siempre…
El amante y ella
Era
el día de su aniversario, como es esperable, le envió un mensaje a ella que aún
estaba en la cama.
Pero
el mensaje decía algo contrario a lo que su mente, perturbada por un torbellino
de emociones, estaba pensando. Y de repente hasta le cambió el color de sus
ojos profundos, su postura física, ya no estaba sentado, merodeaba. Estaba
inquieto. Hacía minutos estaba el mar en calma, pero en un segundo estalló un
tsunami y con él se llevó dos años de amor, de recuerdos de vivencias,
confidencias… todo se fue.
Cuando
ella llegó hacia él con una sonrisa, encontró un muro distante, cerrado,
enorme, tan enorme que ya no cabía en la habitación. Y ella, que siempre supo
leer miradas, gestos, actitudes, sentimientos, no dudó un momento de que algo
había pasado en el corazón y el alma de ese hombre inestable. Adivinó el fin.
Le resonaron sus palabras en todas las células de su cuerpo. Palabras que nunca
comprendió: “se acabó el amor”.
Y
tras ello todo lo que usted lector imaginará, él echando culpas, ella
defendiéndose, él gritando, ella llorando, él abriendo el vehículo ella
cargando las cosas más necesarias. Y afuera llovía, y las gotas eran, para ella,
agujas que la perforaban porque era el fin.
Sandra, 19 de abril de 2024
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