El viento soplaba
suave sobre las montañas aun nevadas que flanqueaban al derredor del valle
donde se hallaba la fortaleza. El valle era una planicie, con hermosos cipreses
y álamos que se balanceaban indiferentes al vaivén del viento. La fortaleza
estaba rodeada de una muralla muy alta, de cuando en cuando una torre con
vigilantes atentos. No puedo precisar la época. Pero a lo lejos, muy lejos de
la paz de esta fortaleza se oía rechinar de espadas. Dentro de la fortaleza
había un castillo, no muy extravagante. Lo rodeaban cabañas de ladrillos y
techos de paja. Los habitantes se movían a pie, sólo los soldados usaban
caballos, el rey y su familia un carruaje que pocas veces usaba. Ni él ni sus
súbitos eran asiduos a salir de la fortaleza. Se autoabastecían fabricando
orfebrerías en oro que el rey de cuando en cuando les proporcionaba y ellos
vendían a los mercaderes por alimentos.
Los pobladores eran personas
sencillas, bien educadas y muy sonrientes. Es como si el mismo paisaje que los
rodeaba se hubiera fundido en ellos y formaba una armonía casi perfecta.
En una de
las cabañas se hallaba una familia, las mismas en general no eran numerosa, uno
o dos hijos. Ésta en particular estaba habitada por Nyan su esposa Yaiden y su
hijo Jaid. Eran personas felices o eso aparentaban. El padre se dedicaba a la
orfebrería, la madre a las labores del hogar y cuidar a su niño que rondaba los ocho
años. También la madre le enseñaba el idioma del pueblo y lo preparaba para ser
orfebre. El niño tenía sus horas de esparcimiento para jugar con otros amigos
del lugar. A Jaid siempre le causó curiosidad el enorme castillo, el tamaño
para él se debía a su pequeñez.
Cierto día,
como todo niño travieso, se había dispuesto con un amigo fiel ir a inmiscuirse al castillo por un recorrido
que no había guardias y que era tan pequeño que solo ellos podían caber.
Recorrían alcantarillas, cámaras subterráneas sucias. El recorrido les llevaba
bastante tiempo. Sus familias comenzaban a preocuparse. Pero tanto Yaiden como
la madre del otro niño a la noche debían entrar en sus cabañas y cerraban las
puertas estoicamente sin demostrar preocupación o dolor. Dentro de la casa de
Nyan solo se escuchaba la voz de Yaiden que decía – el niño no ha vuelto -. Se
miraban y regresaban a su semblante imperturbable. Comenzaban a cenar.
A esta
altura Jaid y su amigo estaban en el hall del palacio, embelesados observaban
la grandiosidad. Momentos en que se apersonaba el rey.
-
Hola niños, ¿cómo llegaron aquí?
-
Escabulléndonos – dijo Jaid
-
¿Saben que eso no es correcto, verdad? –
mirando con ojos de falsedad y regodeándose de pensar qué podría hacer con esos
niños osados.
-
Solo queríamos conocer Majestad. Por favor déjenos
volver a nuestras casas
Cabría describir
aquí la personalidad del rey. Era un hombre en sus cincuenta, lleno de cinismo,
sin compasión en su corazón. No sabía del sufrimiento. Cuando éste le tocaba a
su puerta tenía a mano a su alquimista que le preparaba una pócima con la que volvía
a ser “feliz” o a ser conformista. Eso
mismo le exigía a todo su pueblo. No debían sufrir, de lo contrario, si eran vistos
con esa actitud serían sacrificados, junto con su familia. Era un ser que no sabía
de piedad ni de compadecerse de los demás, ni de su esposa e hija, quienes eran
particularmente iguales a él. Un ser sin
empatía, bordeando al narcisismo.
Bajo las
circunstancias que describí de este personaje, ¿qué sería esperable que hiciera
con estos dos pequeños? La muerte. Aunque se le ocurrió algo más maligno, digno
de él. Probaría cuánto lo habían educado sus padres sobre el sufrimiento, si
podrían soportarlo. Entonces en primer lugar enviaría dos soldados para ver si
los padres estaban dolidos por la desaparición de los niños. Luego se ocuparía
de ellos.
Los
soldados se dirigieron primero a la casa del niño, golpearon la puerta, pasaban
minutos y nadie respondía. Volvían a golpear a la voz de - ¡Somos soldados del
rey! – a los minutos la cara desfigurada de llanto del padre abrió la puerta,
se pudo ver a su mujer y otra niña en
iguales condiciones, sin mediar palabras fueron ejecutados. Se dirigieron luego
a la casa de Nyan. Golpearon la puerta e inmediatamente la abrió Yaiden con una
sonrisa en sus labios. – Soldados, ¿qué necesitan de estos súbditos?- también
se asomó Yaiden sonriendo. Los soldados al percatarse de que estaban bajo
control se dieron la vuelta y fueron a dar la noticia al rey.
Al
escuchar la noticia de los soldados, se sintió casi complacido.
Aun así
quería ver qué tan bien habían educado a sus hijos. Había dispuesto que sus
soldados ataran a los niños de los pies y los colgaran cabeza abajo hasta que él
lo considerara necesario. Pero el castigo solo consistiría en que ellos
estuviesen colgados de cabeza. Con su agilidad, propia de los niños, dos veces
al día se inclinaban sobre sus piernas para beber y comer, y una vez al día
eran bañados con agua tibia para sacarles la suciedad. Pasaba los días y Jaid
se mostró imperturbable, no así el otro niño que comenzaba a llorar y suplicar.
Lo bajarían y es esperable el destino que le deparó.
El rey
observaba a Jaid imperturbable, se sentiría retado. Lo dejaba allí. Jaid
demostraba su habilidad para soportar el sufrimiento. Aunque en sus más íntimos
pensamientos sabía que el sufrimiento era parte necesaria de la vida. Todas las
especies de la naturaleza, reflexionaba, sabían del sufrimiento, y lo
expresaban a su manera. No se avergonzaban de ello. Era parte de un proceso
vital. Era un niño, que a pesar de su edad, tenía mucha sapiencia y elaboraba
en su mente en esos momentos dolorosos, que el sufrimiento es una voluntad que
no está satisfecha y que está contrariada; el dolor físico es una especie de
caos. No entendía la obstinación del rey de no demostrarlo. Qué lo habría
llevado al rey a comportarse así. Quizás una infancia llena de castigos
silenciosos. A veces sentía pena por él.
Pasaban
horas, días, semanas. Hasta que Jaid hizo llamar al rey y le dijo: - ya he
estado suficiente tiempo y su majestad ve mi estoicismo. Le propongo a Usted y
perdone mi impertinencia, que se coloque a mi lado y lo reto a ver quién
soporta más, y le llevo casi cuatro semanas de ventaja-. El rey vio su orgullo
herido y aceptó.
Al rey se
le ayudaba para su nutrición, pero nunca se le dio su pócima. Y como era de
esperar sentía los achaques de los años y esta posición era sumamente incómoda.
Así pasó
un tiempo que no podría precisar, y el rey, que no podía revelar su secreto de
la pócima, y no la pudo tomar, comenzó a flaquear y a sentir por primera vez el
sufrimiento. Comenzó a dialogar con el niño, preguntándole por qué él no se
quejaba. El niño le contesto que, obviamente, porque él se lo prohibía y temía
morir. El rey se enorgulleció. Pero a su
vez sintió un vacío, pensar que el sufrimiento no se pueda expresar es algo
antinatural. Todos los seres vivos, pensaba, lo expresan. Se remontaba a su
niñez y recordaba los castigos de su
padre y las prohibiciones de mantenerse firme y no expresar dolor. Comenzó a
entender lo ridículo de esto. Por segunda vez, primero en su infancia luego
ahora, se percataba que el dolor era necesario expresarlo y tener a su lado
alguien que lo comprenda y lo acompañe.
Decidió así musitar débilmente – Siento
dolor-
A lo que el niño respondió, - yo
también su majestad –
Así, por primera vez, el rey se sintió
hermanado con otro ser en el sufrimiento. Comprendió que reconocer y compartir
el dolor no era un signo de debilidad, sino un paso hacia la verdadera
fortaleza. La fortaleza no era la ausencia de sufrimiento, sino la capacidad de
enfrentarlo y encontrar apoyo en otros.
Inmediatamente llamó a sus soldados
para que los despojaran de sus castigos.
Conversó largo rato con el niño,
observando en él harta sabiduría. Con la autorización de sus padres, pidió que
se quedase en el palacio para prepararlo como su predecesor, ya que solo tenía
una hija.
Y así el rey aprendió, de quien menos
esperaría hacerlo, que la vida es mucho más que fingir fuerza y valentía, que está
bien sentir dolor y sensibilidad. Que eso nos hace humanos y hermanos.
A partir de allí toda la aldea cambió,
el sufrimiento fue permitido. Y el rey se ocupó de armar una tienda para que un
alquimista atienda a los que se encontraran en situaciones de enfermedad.
El
sufrimiento, lejos de ser una vergüenza que se debe ocultar, es una parte
esencial de la experiencia humana que nos une y nos fortalece cuando se
comparte y se comprende. Nos recuerda que en la aceptación y expresión de nuestro
dolor encontramos la verdadera conexión y empatía con los demás
Así fue el fin de esta historia que
enseña que podemos aprender de quien menos lo esperaríamos. Todos tienen algo
que enseñarnos. Que los sentimientos y las emociones nos hermanan, nos acercan
y nos unen.
Sandra Brinkworth 10 de junio de 2024
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