Arrellanada en su sitial, sus profundos
ojos celestes me hablaban, y no sólo eso… me leían como a un libro, libros de
los que era tan asidua. Su voz cálida, cercana y asertiva, invariablemente me
hablaba, es más profundo aún, dialogaba. Algo que en todos estos años que han
pasado fugaces y sin “personas” no me ha vuelto a suceder.
Siempre la palabra exacta, la que en
oportunidades me sorprendía oír. Y hoy, que he madurado, encuentro en ellas, nunca
olvidadas, harta sabiduría. Nuestros diálogos, rozando la filosofía eran bastos
y repletos de amor verdadero. Amor que solo se prodiga a una amiga en lo largo
de una vida. Quizás por ello la recuerdo tanto, la añoro y la busco. Pero es en
vano, esos ojos celestes están lejanos; por distancia, maldita distancia; que
la aleja de mí.
Su voz, sin exabruptos era mi predilecta
a la hora de la lectura. Amaba escuchar su voz en un texto, siempre profundo,
siempre con una enseñanza.
Ella, como un gorrión, formó su nido.
Con el tiempo sus tallos nuevos partieron, pero quedaron en ella, en su inmenso
corazón. Yo no los vi partir, conocí su casa con el alboroto de adolescentes y del
amigo fiel e imponente, que acercaba su gran hocico para recibir una caricia. Así
era su hogar, feliz, sin exabruptos. Pero como suele suceder en la vida,
inoportunamente le jugó una mala pasada, aún así sus ojos eran serenos, con un
dejo de tristeza, pero siempre con la entereza de quien no se deja abatir.
Nunca mi camino tuvo la dicha de
encontrar otros ojos celestes que brinden tanto. Y la extrañé… y juro que la
busqué en otros ojos. Pero nunca su paz, sus palabras certeras, su amor sin
escudos. Nunca.
Por eso hoy, en esta tarde calurosa casi
de verano la recuerdo. Como todos los días. Como cuando necesito sus palabras. Como
cuando la vida es dura y necesito sus ojos celestes.
Sus ojos, ventana de infinitud… sus ojos
celestes.
Con amor, para mi única amiga.
Sandra
Brinkworth, diciembre 2023
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