sábado, 7 de diciembre de 2024

Ojos celestes lejanos

 

Arrellanada en su sitial, sus profundos ojos celestes me hablaban, y no sólo eso… me leían como a un libro, libros de los que era tan asidua. Su voz cálida, cercana y asertiva, invariablemente me hablaba, es más profundo aún, dialogaba. Algo que en todos estos años que han pasado fugaces y sin “personas” no me ha vuelto a suceder.

Siempre la palabra exacta, la que en oportunidades me sorprendía oír. Y hoy, que he madurado, encuentro en ellas, nunca olvidadas, harta sabiduría. Nuestros diálogos, rozando la filosofía eran bastos y repletos de amor verdadero. Amor que solo se prodiga a una amiga en lo largo de una vida. Quizás por ello la recuerdo tanto, la añoro y la busco. Pero es en vano, esos ojos celestes están lejanos; por distancia, maldita distancia; que la aleja de mí.

Su voz, sin exabruptos era mi predilecta a la hora de la lectura. Amaba escuchar su voz en un texto, siempre profundo, siempre con una enseñanza.

Ella, como un gorrión, formó su nido. Con el tiempo sus tallos nuevos partieron, pero quedaron en ella, en su inmenso corazón. Yo no los vi partir, conocí su casa con el alboroto de adolescentes y del amigo fiel e imponente, que acercaba su gran hocico para recibir una caricia. Así era su hogar, feliz, sin exabruptos. Pero como suele suceder en la vida, inoportunamente le jugó una mala pasada, aún así sus ojos eran serenos, con un dejo de tristeza, pero siempre con la entereza de quien no se deja abatir.

Nunca mi camino tuvo la dicha de encontrar otros ojos celestes que brinden tanto. Y la extrañé… y juro que la busqué en otros ojos. Pero nunca su paz, sus palabras certeras, su amor sin escudos. Nunca.

Por eso hoy, en esta tarde calurosa casi de verano la recuerdo. Como todos los días. Como cuando necesito sus palabras. Como cuando la vida es dura y necesito sus ojos celestes.

Sus ojos, ventana de infinitud… sus ojos celestes.

Con amor, para mi única amiga.

 

Sandra Brinkworth, diciembre 2023

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