De hablar sereno, sin exabruptos, él quien sonríe con los ojos, me observa y me escucha. Sus ojos destellan perspicacia y sus labios una mueca de sonrisa espabilada. Siempre una palabra certera, quizás su experiencia lo ha dotado de sabiduría hacia la vida. Una mirada peculiar de ver la realidad, me invitan a contemplar el mundo a través de su luz, sin imponerme su visión, sino ofreciéndola como un regalo suave, como una brisa que acaricia sin empujar.
Quizás
no se mucho de él, de sus batallas, de sus victorias y sus pérdidas; pero el
presente que me ofrece me llena de alivio, paz y satisfacción. Un faro en mis
tormentas, una luz cuando atardece. ¡Tanto bien me trajo su presencia! En
momentos que estuve más frágil me comprendió sin juzgar, me alentó sin prisas.
Me dio el tiempo que yo necesitaba para aclarar ideas dentro de mi inquieto
corazón.
¡Felicidad
me transmite su paz y su aplomo! Después del huracán que otra persona ha
dejado, él es como el mar en calma, la dulce compañía que necesito, después de
haber navegado un torbellino de emociones desencadenadas por quien hirió mi
alma, la serena paz de alguien como él, maduro. Anhelo su calma como un refugio
seguro, su presencia apacible como un ancla en medio de la tormenta, donde
pueda encontrar la quietud que tanto ansío y la tranquilidad que mi corazón
reclama.
Por
fin, puedo descansar en la serenidad, pues he encontrado un hombre cuya calma y
sabiduría son como un susurro de paz, abrazando mi alma y silenciando las
tempestades que una vez me azotaron.
Para
que este comienzo sea un preciado presente eterno.
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