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sábado, 7 de diciembre de 2024

Su mirada

Lanzó esa mirada de rencor, como alguna vez lo había echo en su niñez, cuando se terminaban los juegos y era hora de dormir. Entendí así, que aquél que siempre fue mi desvelo, aún seguía siendo ese niño y guardaba en su corazón toda una niñez que no quería abandonar.

Aquella niñez de juegos, de amigos, de soldaditos, de juguetes… ella vivía en él, a pesar de su edad.

Le era difícil, incomprensible e inaceptable la vida que observaba y juzgaba. Esa vida de la sociedad a la que debía adaptarse. Con normas sin sentido, con hipocresía, falta de valores. La cuestionaba, le daba vueltas en un cabeza de niño, a pesar de su sapiencia.

Tenía todo para vivir una adultez plena, tenía inteligencia, sabiduría e instrucción. Pero el se refugiaba en la idea del niño eterno. ¿Sería miedo? ¿Sería la no aceptación de un mundo adulto enfermo y problemático?

Creo que nunca desvelaré el misterio… pero no olvidará jamás mi corazón esa mirada de niño incomprendido, de adulto que teme crecer.

Esa mirada fue un puñal…

Sandra Brinkworth, mayo de 2023


Cuatro fotos

 

Cuatro fotos

Recostada en la cabecera del alto sillón del living, percibiendo la suave brisa que se escabulle desde el ventanal, la mañana me ha encontrado melancólica. Un sueño, una mirada no correspondida, mi reflejo en el espejo, no lo sé, algo me arrebato esta añoranza.

             Observé la bella caja decorada con mis hábiles manos sobre el estante. La caja del recuerdo… fotos. Abrí minuciosamente la caja y elegí cuatro fotos al azar. Al sentarme suavemente y mirar esas cuatro fotos, la melancolía se adentró con dolor.

            En la primera, una adolescente risueña. Grandes ojos esmeralda miraban la lente con ávida curiosidad de su futuro. El semblante feliz, sin marcas del tiempo, fresco, aniñado. La observé un lapso recordando aquellos momentos vividos. Luego la segunda foto, una joven mujer, es sus veinte y algo, mirando con pasión el niño de dos años que se encontraba entre sus brazos. Éste mostraba felicidad con su helado en la mano. La joven tenía un dejo de tristeza en la mirada, a pesar del amor hacia ese niño, se notaba en la finas e imperceptibles arrugas que había pasado malos momentos. Otra vez mi memoria retomando algunos momentos dolorosos que creí olvidados. La tercera, un retrato profesional de gran tamaño, mostraba una mujer muy bella, serena, con pequeñas señales de sus casi cuarenta. Pese a la edad, su rostro no daba señales del paso del tiempo. Sus ojos y su mirada sí. Una tristeza profunda, mezclada con remordimiento expresaba su mirada penetrante, a través de dos luceros esmeralda. El tiempo no pasaba por su rostro, se encontraba en la mirada. Me pregunté ¿puede la mirada envejecer? Note que sí. Luego, presurosa observe la cuarta foto. Una mujer, de cincuenta años según el pastel de cumpleaños, mirándolo fijamente, abrazada a ese niño, ya adulto, lleno de amor en sus manos y su rostro. Ella, la mirada perdida en el incipiente fuego de la vela. Su rostro, si bien se mantenía aun joven, denotaba el paso de los años y de las penas sufridas. Las arrugas no habían hecho estragos, pero si el peso de una vida con remordimientos, mostraba sus parpados caídos y la comisura de los labios inclinada levemente hacia abajo. La mirada, pues era lo más impactante. Perdida en fuego fatuo que aún puede llamear, dejaba entrever una vida de lucha, dolor y sufrimiento. Aunque también mostraba un amor incondicional hacia quien era su esmero. Sus manos algo arrugadas, tomadas fuertemente a ese niño hombre, denotaban que este era su única misión en la vida.

            Solo cuatro fotos.

Levantó levemente la mirada hacia el ventanal y veo reflejado el rostro de una anciana, marcada por el paso de los años, conservando una belleza madura y lo que caracterizo su rostro durante su vida, sus ojos esmeraldas.

            Observé por un tiempo ese reflejo pensando en que estaba bien. Amigándome con esas mujeres del pasado, recordando la juventud, pero sin tristeza. Viendo su madurez con un poco de nostalgia e inquietud por el peso de las acciones pasadas. Pero más feliz a la espera que llegue con ella ese nieto adorado. El pequeño hijo de ese hombre niño, su apéndice, su evolución. Esto bastaba para hoy ser feliz.

            Esa mujer soy yo.

Sandra Brinkworth, 9 de octubre de 2024

Santiago

 

A MI HIJO ÚNICO

 

                Su cabello castaño y radiante acaricia suavemente su dulce rostro. Sus cejas, en un arco perfecto, custodian los luceros más bellos que haya conocido. Su nariz suavemente respingada, una boca amplia como su alma. Su mandíbula generosa desde la que perfectamente continúa su ancho y largo cuello.

        Podría pasar horas admirándolo. Pero hay mucho más allá de lo que se avizora. Su éter infinito, su alma pura, frágil, melancólica.

        ¿Cómo no amarlo?

        Lo sentí crecer en mi vientre, momento en que comenzó el único y verdadero amor, el que perdura. Lo amé cuando lo vi crecer y regodearse con mis gestos. Lo vi jugar y volar con su vasta imaginación. Lo observaba y lo amaba. Así, en ese orden o en el inverso, siempre amándolo.

        Hoy, que es un hombre, lo admiro por su sapiencia, por su forma particular de ver la vida, por ese mundo oculto para mí, el cual vaga por su cabeza y lo hace caminar de un lado a otro con la cabeza baja, cual filósofo peripatético.

        ¿Cómo no amar al ser que le di la vida? Mi inquieto corazón sabe de amores. Ninguno ha llegado a hacer palpitar mi corazón como él.

        ¿Cómo no amarlo?

        Cuando nos encontramos en un diálogo y nos percatamos que somos uno, él una prolongación de mi ser. Pero a su vez como una esfera que rueda veloz por su inercia. No necesita de mí. Eso me enorgullece.

        He dado todo de mí por este ser de  luz, tanto amor hace que no me arrepienta, siento que este sentimiento es el motor de mi vida. Sin él, un sin sentido, un vacío, la nada.

        A pesar de saber que le dolerá, y sabiendo que jamás este escrito será leído por él, puedo aseverar que, si él faltase, no lo dudaría: partiría con él. Su amor es el motor de mi vivir.

        “Ponme como sello sobre tu corazón, como sello sobre tu brazo, porque fuerte es el amor como la muerte” Cantar de los Cantares 8:6

Sandra Brinkworth. 21 de junio de 2024

lunes, 25 de noviembre de 2024

Poema a mi hijo

 

Tú… vive

 

Tú, mirada inquisidora

Tú, que me lees y me adivinas

¿Cómo podría escaparme de tu mirada?

¿Cómo podría hacer lo que me apetece?

¿Cómo podría seguir probando el filo de la navaja?

Sin que tú me salvaras

¿Por qué tú? Si solo eres carne de mi carne

¿Si te tuve en mi vientre incontables noches de amor?

¿Por qué tú quieres salvarme?

¿Por qué tú quieres enseñarme?

Sólo un propósito tengo para ti.

Que vivas tu vida sin mis cargas.

Sin mis dolores.

Sin mis desasosiegos.

Sin mis temores.

Sin mis miedos.

Si al fin son sólo míos

¿Por qué te empeñas en salvarme?

Yo no estoy en peligro…

Yo estoy viviendo…

Y haciendo lo que siento que puedo hacer

Quizás no sea lo mejor,

No lo sé…

Pero es lo que mi alma me pide

No te empeñes en salvar esta alma vieja

Cuando tú tienes toda una vida por vivir

Vívela y libérate de las ataduras.

Yo aprendí a volar con el peso

que me empuja hacia las profundidades.

¡¡¡Yo ya puedo volar!!!!

Ya no me quiero hacer daño,

Porque aprendí lo valiosa que soy,

Aprendí que soy solo una,

Y que pude brindar al mundo mi más puro retoño.

No sigas protegiéndome.

Aprendí a hacerlo sola

Aprendí a respetarme.

¿Por qué insistes en un estar?

Estar para alguien que ya vivió

Viví tu vida

Llena de racimos de uvas

Como un prado de flores

Como un campo sin cultivar

Lleno de girasoles

Es tu oportunidad

Me haría muy feliz verte volar

 

De Sandra para mi Santi