sábado, 7 de diciembre de 2024

El lienzo

 

        Di la última pincelada. El óleo estaba casi finalizado, un hermoso paisaje, el paisaje de mis sueños, mi lugar en el mundo. Desconozco su existencia. Solo me quedó el blanco para ubicar el personaje de mi obra. Pero me tomaría un descanso.

          Los artistas expresamos con nuestras obras nuestras percepciones, emociones y sensaciones, en mi caso, a través de la pintura. Mis creaciones plasman mis  sentimientos y emociones. Y al ser así, y explicarlo brevemente para usted, querido lector, le comentaré que en éstos días que me he dedicado a realizar mi obra, me sentía bastante alicaída, quizás por ello quise plasmar ese lugar de ensueño.

          Un arroyo que corre suave, dos árboles que lo flanquean, en uno de ellos el blanco, donde irá mi personaje, luego un sendero curvilíneo con mucha vegetación, enredaderas, que siguen un sinuoso sendero hasta desaparecer en el horizonte, el cual está cercado por acacias y cipreses. Más al fondo, a lo lejos, unas sierras se levantan imponentes. Luego el cielo diáfano, sin una nube y con rastros de un sol que estaría en el poniente. Ese era mi lugar de ensueños, debería ser feliz allí.

          Al día siguiente, me desadormeció un rayo de sol por la rendija de mi ventana. Con un poco de parsimonia comencé el día. Mientras desayunaba vino a mi memoria mi abuela materna, de quien había heredado el don de la pintura. No disfruté mucho su compañía, pues cuando era muy pequeña, rondaba los doce, ella viajó a instalarse a Buenos Aires. Pero recuerdo una charla que tuve con ella cuando nos obsequió uno de sus hermosos cuadros, pintaba realismo. Recuerdo que le dolió mucho desprenderse de ese lienzo. Éramos muy cercanas, yo había heredado mucho de ella, el arte, la belleza, el gusto por los perfumes. A lo largo de los años, su elegancia permaneció inalterable, como una flor que nunca marchita. El tiempo, que en otros deja huellas y sombras, en ella parecía detenerse, manteniendo su gracia intacta y su juventud eterna, un reflejo perpetuo de belleza sin edad. En la ocasión del obsequio me dijo en voz muy bajita, que los personajes de sus cuadros a veces eran traviesos. Esa confidencia, para la niña que yo era, me despertó sumo interés, por lo que la abrumé con interrogantes. Ella en tono ceremonioso me contó que cierta vez pintó su personaje, una indígena, y al día siguiente junto a ella había un ciervo. Ella quedo espantada, eran las pinceladas de ella, las reconocía, pero  no había hecho ese animal, ni tampoco la sonrisa de felicidad en la mujer. Comprendí – me dijo – que los personajes necesitan expresarse, buscar sus compañías, y se niegan a expresar lo que nosotros les indicamos. Nunca olvidaré esa charla. Fue algo mágico. Mezcla de cuento maravilloso y asombro de que pudiera ser real.

          Después de vagar con los pensamientos me dispuse a esbozar con colores a mi personaje, iba fluyendo según mi sentir. Pasó un tiempo que no podría precisar y vi finalizada mi obra. Mi personaje era un hombre, de tez trigueña, en sus cuarenta, recostado al árbol, con el semblante sumamente triste y las manos caídas sobre el regazo. Así me sentía yo hacía tiempo.

          Se hizo la noche y con el trajín de las tareas hogareñas me dejé abrazar por mi cama exhausta.

 

          La luz del taller estaba a media sombra, el personaje comenzó a mirar a su alrededor y al percatarse que estaba solo, cambió su semblante, estaba feliz en el lugar donde se encontraba, un lugar de ensueños. Caminó despacio por el camino sinuoso rodeado de enredaderas. Mas allá de la vista de quien ve la obra, encontró un pequeño perro hecho un ovillo. Se acercó, lo acarició, lo llamo Dante. Lo invitó a recorrer con él el hermoso paisaje. Cerca de los cipreses había, al ras del suelo una enorme cantidad de frambuesas, se acomodaron juntos, hombre y animal, y comenzaron a degustar. El hombre le explicaba a Dante, que no entendía por qué su semblante había sido coloreado tan abatido. Tampoco entendía por que su compañero no se veía en la obra. Era un can hermoso, con brillante pelaje negro y hocico aguzado y mirada atenta. Dante escuchaba y movía su  cola.

          Pasearon así toda la noche, la noche de la artista, pues él en su realidad de óleos, vivía un eterno atardecer. Recorrieron todos los lugares, éstos no se vislumbraban en la obra. ¿Estarían en la mente de la artista?

          Por la ventana del taller de pintura vio que empezaba a amanecer, le dijo a Dante que continuara escondido, volvió por el camino sinuoso y se volvió a acomodar. Pero no podía evitar el semblante de felicidad por lo que había vivido. Le era imposible.

 

          Cuando volví al taller esa mañana, corrí las persianas y observé mi obra finalizada. Sentí satisfacción. Pero noté algo fuera de lugar, me acerqué y miré al personaje, su semblante y su brazos en el regazos no estaban como yo los había plasmado, si bien, eran mis colores y mi forma  de manejar el pincel. Retrocedí espantada hasta chocarme con un taburete. Inmediatamente recordé los dichos de mi abuela. Quizás no era sólo el cuento de una abuela a su nieta… quizás le sucedió. Quedé largo rato observando. Volví a mirar al hombre. Era el rostro que pinté, pero con otra expresión. Me sentí anonadada. Decidí salir a la calle a caminar y ordenar mis ideas. Quizás conversar con alguien de lo sucedido, pero, ¡quien me creería!

 

          El personaje oyó la cerradura de la puerta, se incorporó y comenzó a llamar a su mascota. Dante se acercaba feliz. Se sintió aliviado de seguir con una sonrisa en el rostro. Ambos saltaron del óleo y recorrieron la casa. Se sentían miniaturas, pero tenían un conocimiento previo de lo que era la vida. No habían nacido con el pincel. Ellos ya existían y el hombre, particularmente, no quería estar inmóvil e infeliz. Conocieron todos los rincones de la casa y con ello el personaje pudo conocer mucho de la mujer que lo retrató. Aun así, no comprendía qué le había sucedido a él. ¿Habría muerto y esta bella mujer lo trajo a la vida con su pincel? Recordó su vida antes de despertarse en el lienzo. Siempre fue un hombre feliz y esperanzado. Quizás por ello no entendía porque lo había plasmado con tanta tristeza. Pero después de ver las pertenencias de la artista se percató que estaba pasando por un gran dolor. Después de un largo paseo por los rincones de la casa se sintieron cansados. Volvieron al óleo, pero esta vez el hombre no soportó la postura sentada por todo el ajetreo, y quedó yacente con Dante hecho un boyo en sus pies.

 

          Volví un poco más distendida. Me encontré con amigos, aunque no me atreví a contar lo sucedido. Por un momento sentí temor de dirigirme al taller. Pero me armé de coraje y fui. Encendí la luz y me encontré con la sorpresa, el hombre durmiendo ¡con un perro! Di un portazo y me dirigí a dormir. Esa noche soñé con ese hombre y el perro. Me culpaban que los había atrapado en un óleo contra su voluntad. Que ellos querían llevar una vida como la mía. Él me reprochaba la infelicidad en su postura y su rostro, me intimidaba al decirme que él era feliz.

          Me desperté de un sobresalto, ya era cerca del mediodía. Me dirigí presurosa al taller y para mi enorme sorpresa mi personaje y su perro no estaban. Eché a llorar. No podía pasarme esto. No controlaba mi vida y ahora no podía controlar mi arte. Ante mis sollozos tímidamente se acercaban por el sendero el hombre y el animal.

          Les reproché, les dije que era mi cuadro y ellos eran míos, y que ese animal ni siquiera existía. El hombre con paciencia me explicó que el paisaje era tan bello, por esa razón no quería estar triste, estaba feliz gracias a lo que yo había hecho. Recorrió el paisaje y era mágico. El animal sí lo había hecho yo, sin percatarme, solo que él lo descubrió.

          Seguimos dialogando un largo rato, le conté mis tristezas, me escuchó paciente, una lágrima rodó por su mejilla. Al final del diálogo llegó el consenso. Me dijo que él era mi obra, ¿qué deseaba para él? Pensé un rato – este paisaje es para ustedes, ubíquense cómodos, solo les pido que se queden quietos para siempre -; lo haremos, contesto el hombre.

          Me fui del taller.

          A la mañana siguiente apresuradamente fui a ver mi obra. Mi personaje estaba recostado al árbol, acariciando al animal, con una enorme sonrisa en la boca.

 

          Pasaron varios días, comencé otras obras, lo ocurrido fue quedando en el pasado. Hasta que un mediodía suena el portero de mi departamento. Al abrir la puerta ¡Ohh sorpresa! Era mi personaje, con el animal.

          Se presentó, soy José y él es Dante. Somos tus nuevos vecinos.

 

Sanddra Brinkworth 23 de mayo de 2024

No hay comentarios: