Era una
tarde templada de septiembre. Ella estaba tranquila en su casa, su hijo había
regresado del Conservatorio y andaba rondando por la casa. De pronto oyó el sonido bullicioso del vehículo de él. Como
lo hiciera siempre, correspondiendo a su carácter aturdido, entró sin llamar a
la puerta. Ella estaba sentada en el comedor escuchando la música que tanto
amaba. Por un instante se sintió intimidada, como era habitual. Estaba acostumbrada
a sentir aquello, también era frecuente dejarse a sí misma en último lugar.
Él estaba frenético y apresurado,
traía una propuesta, es más, una imposición. Ésta era la siguiente: para él ya
era suficiente el tiempo de noviazgo, ya era tiempo que ella se fuera a vivir
con él, de lo contrario, él la dejaría.
Ella se quedó pasmada, no se lo
esperaba. Sintió miedo a la soledad. Su hijo no pasaba mucho tiempo con ella.
Se sentiría sola. Se sentiría vacía. Le dijo que sí.
Lo que siguió solo este narrador omnisciente
lo sabe. Él engañándola con cuanta mujer podía, ella relegada al hogar
atendiéndolo. Hasta que llegó un día, el día del aniversario. Él la saludó con
total naturalidad. Ella también, sin saber que las aguas del Mar Rojo que Moisés
separó caerían entre ambos como una muralla impenetrable. Él estaba inquieto,
sus ojos demostraban desprecio, miedo, confusión, su cuerpo, nerviosismo, todo
él era una vorágine de sentimientos encontrados. Ella lo observaba
desconcertada, sin entender que sucedía. De pronto la casa parecía un agujero
negro que la absorbía, y él un demonio en plena furia. Él no podía musitar
palabras, ella susurró: ¿qué pasa amor?. Y de él brotaron las palabras que ella
nunca entendió: “se acabó el amor”. Y lo que sigue el lector lo imaginará. Ella
llorando, él echando culpas, ella defendiéndose, el carente de empatía abriendo
el coche, ella cogiendo sus pertenencias más necesarias, él ya esperándola en
el coche… Y afuera llovía, para ella las gotas de agua eran agujas que se le
clavaban porque sabía que era el fin.
Pero qué puede este narrador
diligenciar por esa mujer que lo entregó todo, que dejó de vivir su vida por él.
Sólo imaginar que sí, que existe un mundo paralelo donde ella aprendió a
amarse, donde a esa imposición de vivir con él dijo “no”. Y en su mundo fue una
diosa venerada por su belleza, su inteligencia, su arte, su sapiencia. Allí, en
ese mundo ella descollaba por sus capacidades. Comenzaba a dedicarse a la
pintura, algo que hacía muy bien. Comenzaba a escribir y plasmar en el papel
todo su sentimiento. Y lo más importante comenzaba a percatarse que ningún
hombre le daría el amor que ella necesitaba, porque ese amor, era el amor más
puro y más sano, el amor hacia ella misma, la fortaleza, la independencia y la
felicidad
Y déjeme
decirle amigo lector que estos dos mundos existieron, no simultáneos,
consecutivos. Después del dolor de una traición, como ave fénix renació de sus
cenizas y lo está narrando.
Sandra Brinkworth
02/05/2024
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