Escribir al
dolor
¿Se puede escribir el dolor?
Si las palabras armonizan poesías y canciones,
¿cómo podrían nombrar lo más triste del mundo?
Lo más triste del mundo, aquello que podemos soportar, quizás,
sin lágrimas.
Aunque sabemos que corroe nuestro interior hasta dejarnos
débiles seres.
¿Qué es lo más triste del mundo?
¿Podría nombrar esta noche calurosa, lo más triste del
mundo?
Podría hacerlo para simular, olvidar, algo que está
partiendo mi corazón en dos.
Podría hacerlo para vagar en imágenes turbias y bizarras…
olvidar.
Quizás, como alguna vez en mi infancia leí, un caballo
blanco hundiéndose en un pantano,
O la mirada del niño hambriento de amor, peo a su vez
frio como un tempano,
Los ojos de un perro callejero,
Una bella mujer asistiendo a su suicidio,
Una abuela sin nietos que la visiten,
Los viejos olvidados,
El viento que corre con tierra y difumina todas las
buenas intenciones de los epitafios,
Olvidar las enormes y generosas manos de mi padre.
Aun puedo rebalsar de palabras que amontonadas hagan
doler el corazón.
Un día de lluvia en una inundación,
La cruz de una Iglesia precipitando al suelo,
Una madre llorando con su hijo muerto en brazos,
Un gatito cachorro abandonado a su suerte,
Un nido de ave destrozado,
Los ojos de un niño sin madre,
Una guerra.
Todo ello me conmueve, mas no ha brotado una lagrima en mí.
Pero cuando recuerdo su figura encorvada, su sonrisa
sincera, su abrazo tembloroso, y lo peor de todo sus ojos. Sus ojos que van
anunciando el final, sus ojos eternamente verdes, sus parpados que quieren
caer. Sus palabras “ya me queda poco”. Eso querido lector, eso me ha doblegado,
ha dejado las lágrimas como finos cristales que amenazan destruirlo todo. El dolor
es insuperable. Desbarata todas las estructuras. Una sombra que lo cubre todo,
un grito silencioso. Esa congoja hoy puedo reducirla en una sola palabra “Mama”.
Sandra Brinkworth 31 de enero de 2024