El, con sus grandes ojos celestes, hacia brotar palabras de su boca
inquieta. Boca astuta. Boca sabia de engaños y mentiras. ¿Por qué esa boca decía
falsedades? Tan dócil la verdad. Verdad que yo conocía, anhelaba. Había tejido
un lazo de palabras. Palabras inciertas. Lazos vanos. Hilos rotos, lazos
sucios. Él lo sostenía en su mano y lo alcanzaba hacia mí, con la otra. Mas
roto veía yo ese lazo. Pero lo tomaba. Entonces me pasaba que empezaba a verlo.
A verlo. ¿Qué paso con tus grandes ojos celestes? ¿Qué paso con tu amplia
sonrisa? ¿Qué paso con tu noble corazón? ¿Dónde está ese hombre inmenso,
admirable? ¿Quién eres tú que me ofreces esta cinta sucia y rota? Dile a él que
venga.
Ya no está aquí.
Soledad y vacío.
Lluvia.
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