sábado, 28 de diciembre de 2024

No se culpe a nadie. Julio Cortazar

 El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es, porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguirá hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como un calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera, pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas. Por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que reanudó la tarea, y que ha hecho la tontería de meter la cabeza en una de las mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano tendría que salir fácilmente pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna de las dos manos aunque en cambio parecería que la cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de color azul. Por suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire al frío de afuera, por lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello del pulóver por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa manera la cara sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede hacer es seguir abriéndose paso respirando a fondo y dejando escapar el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la manga del pulóver, y además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estará impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano que está por fuera del pulóver está en contacto con el aire frío de la habitación y es como un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier pulóver tirando enérgicamente hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahí arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver, lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello a una de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y que en cambio su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridículo renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse, aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano izquierda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar que la ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver, aunque su mano izquierda le duela cada vez más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pulóver arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente por las piernas en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo, arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda, quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fría, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos.

Julio Cortazar

La pluma que me escribe

 

Ya no soy dueño. Mi destino no depende de mí. Quién ha tomado una pluma y me escribe y quien lo inspira a su vez a quien me escribe. Estoy atrapado en un mundo de letras ordenadas, dolorosas, sarcásticas. Detesto mi realidad pues no puedo ejercer mi voluntad. Alguien la maneja. Alguien escribe mi vida, mi historia, mi ser. A su vez alguien le inspira a ese alguien que me escribe.

Solo soy consecuencia de la pluma. Atrapado entre páginas en blanco que alguien va escribiendo sin siquiera preguntarme si es lo que deseo. ¿Por qué ese alguien esta tan atormentado? Y su tomento lo traduce en las letras que me leen, que me describen, que me dan un futuro incierto para mí. Un futuro que alguien de antemano ya sabe.

Me han colocado frente a mí un espejo. En él me veo como me imagino quien me escribe. Quien, a su vez, escribe la historia del escritor. El espejo refleja a un ser desdichado, con rasgos cansinos y desesperados. Con una vestimenta impecable. ¿Por qué me ha vestido de estas formas? No coinciden con todo lo que está escribiendo de mí.

Quiero escapar, pero el tomó otra vez la pluma. “lo llevaron, contra su voluntad, hacia la horca, debía pagar sus incontables crímenes” … por qué, yo no cometí ningún crimen, no quiero morir en manos de la pluma de un escritor atormentado.

“Finalmente colocaron la soga en su cuello y en cuestión de segundos sus pies colgaban inertes, como inerte fue su vida. Quería escapar de su destino, este ya estaba escrito”

viernes, 20 de diciembre de 2024

Evangelio según San Marcos. Jorge Luis Borges

 EL EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS.

El hecho sucedió en la estancia La Colorada, en el partido de Junín, hacia el sur, en los últimos días del mes de marzo de 1928. Su protagonista fue un estu-diante de medicina, Baltasar Espinosa. Podemos defi-nirlo por ahora como uno de tantos muchachos porte-ños, sin otros rasgos dignos de nota que esa facultad oratoria que le había hecho merecer más de un premio en el colegio inglés de Ramos Mejía y que una casi ilimitada bondad. No le gustaba discutir; prefería que el interlocutor tuviera razón y no él. Aunque los azares del juego le interesaban, era un mal jugador, porque le desagradaba ganar. Su abierta inteligencia era perezo-sa; a los treinta y tres años le faltaba rendir una mate-ria para graduarse, la que más lo atraía. Su padre, que era librepensador, como todos los señores de su época, lo había instruido en la doctrina de Herbert Spencer, pero su madre, antes de un viaje a Montevideo, le pi-dió que todas las noches rezara el Padrenuestro e hiciera la señal de la cruz. A lo largo de los años no había quebrado nunca esa promesa. No carecía de co-raje; una mañana había cambiado, con más indiferen-cia que ira, dos o tres puñetazos con un grupo de com-pañeros que querían forzarlo a participar en una huelga universitaria. Abundaba, por espíritu de aquiescencia, en opiniones o hábitos discutibles: el país le importaba menos que el riesgo de que en otras partes creyeran que usamos plumas; veneraba a Francia pero menos-preciaba a los franceses; tenía en poco a los america-nos, pero aprobaba el hecho de que hubiera rascacielos en Buenos Aires; creía que los gauchos de la llanura son mejores jinetes que los de las cuchillas o los ce-rros. Cuando Daniel, su primo, le propuso veranear en La Colorada, dijo inmediatamente que sí, no porque le gustara el campo sino por natural complacencia y por-que no buscó razones válidas para decir que no.

El, casco de la estancia era grande y un poco aban-donado; las dependencias del capataz, que se llamaba Gutre, estaban muy cerca. Los Gutres eran tres: el pa-dre, el hijo, que era singularmente tosco, y una muchacha de incierta paternidad. Eran altos, fuertes, huesu-dos, de pelo que tiraba a rojizo y de caras aindiadas. Casi no hablaban. La mujer del capataz había muerto hace años.

Espinosa, en el campo, fue aprendiendo cosas que no sabía y que no sospechaba. Por ejemplo, que no hay que galopar cuando uno se está acercando a las casas y que nadie sale a andar a caballo sino para cumplir con una tarea. Con el tiempo llegaría a distinguir los pája-ros por el grito.

A los pocos días, Daniel tuvo que ausentarse a la capital para cerrar una operación de animales. A lo sumo, el negocio le tomaría una semana. Espinosa, que ya estaba un poco harto de las bonnes fortunes de su primo y de su infatigable interés por las variaciones de la sastrería, prefirió quedarse en la estancia, con sus libros de texto. El calor apretaba y ni siquiera la noche traía un alivio. El viento zamarreaba las casuarinas. Espinosa oyó las primeras gotas y dio gracias a Dios. El aire frío vino de golpe. Esa tarde, el Salado se desbordó.

Al otro día, Baltasar Espinosa, mirando desde la ga-lería los campos anegados, pensó que la metáfora que equipara la pampa con el mar no era, por lo menos esa mañana, del todo falsa, aunque Hudson había dejado escrito que el mar nos parece más grande, porque lo vemos desde la cubierta del barco y no desde el caba-llo o desde nuestra altura. La lluvia no cejaba; los Gu-tres, ayudados o incomodados por el pueblero, salva-ron buena parte de la hacienda, aunque hubo muchos animales ahogados. Los caminos para llegar a La Co-lorada eran cuatro: a todos los cubrieron las aguas. Al tercer día, una gotera amenazó la casa del capataz; Espinosa le dio una habitación que quedaba en el fon-do, al lado del galpón de las herramientas. La mudanza los fue acercando; comían juntos en el gran comedor. El diálogo resultaba difícil; los Gutres, que sabían tan-tas cosas en materia de campo, no sabían explicarlas. Una noche, Espinosa les preguntó si la gente guardaba algún recuerdo de los malones, cuando la comandancia estaba en Junín. Le dijeron que sí, pero lo mismo hubieran contestado a una pregunta sobre la ejecución de Carlos Primero. Espinosa recordó que su padre so-lía decir que casi todos los casos de longevidad que se dan en el campo son casos de mala memoria o de un concepto vago de las fechas. Los gauchos suelen igno-rar por igual el año en que nacieron y el nombre de quien los engendró.

En toda la casa no había otros libros que una serie de la revista La Chacra, un manual de veterinaria, un ejemplar de lujo del Tabaré, una Historia del Short-horn en la Argentina, unos cuantos relatos eróticos o policiales y una novela reciente: Don Segundo Som-bra. Espinosa, para distraer de algún modo la sobre-mesa inevitable, leyó un par de capítulos a los Gutres, que eran analfabetos. Desgraciadamente, el capataz había sido tropero y no le podían importar las andan-zas de otro. Dijo que ese trabajo era liviano, que lleva-ban siempre un carguero con todo lo que se precisa y que, de no haber sido tropero, no habría llegado nunca hasta la Laguna de Gómez, hasta el Bragado y hasta los campos de los Núñez, en Chacabuco. En la cocina había una guitarra; los peones, antes de los hechos que narro, se sentaban en rueda; alguien la templaba y no llegaba nunca a tocar. Esto se llamaba una guitarreada.

Espinosa, que se había dejado crecer la barba, solía demorarse ante el espejo para mirar su cara cambiada y sonreía al pensar que en Buenos Aires aburriría a los muchachos con el relato de la inundación del Salado. Curiosamente, extrañaba lugares a los que no iba nun-ca y no iría: una esquina de la calle Cabrera en la que hay un buzón, unos leones de mampostería en un por-tón de la calle Jujuy, a unas cuadras del Once, un al-macén con piso de baldosa que no sabía muy bien donde estaba. En cuanto a sus hermanos y a su padre, ya sabrían por Daniel que estaba aislado –la palabra, etimológicamente, era justa– por la creciente.

Explorando la casa, siempre cercada por las aguas, dio con una Biblia en inglés. En las páginas finales los Guthrie –tal era su nombre genuino– habían dejado escrita su historia. Eran oriundos de Inverness, habían arribado a este continente, sin duda como peones, a principios del siglo diecinueve, y se habían cruzado

con indios. La crónica cesaba hacia mil ochocientos setenta y tantos; ya no sabían escribir. Al cabo de unas pocas generaciones habían olvidado el inglés; el caste-llano, cuando Espinosa los conoció, les daba trabajo. Carecían de fe, pero en su sangre perduraban, como rastros oscuros, el duro fanatismo del calvinista y las supersticiones del pampa. Espinosa les habló de su hallazgo y casi no escucharon.

Hojeó el volumen y sus dedos lo abrieron en el co-mienzo del Evangelio según Marcos. Para ejercitarse en la traducción y acaso para ver si entendían algo, decidió leerles ese texto después de la comida. Le sor-prendió que lo escucharan con atención y luego con callado interés. Acaso la presencia de las letras de oro en la tapa le diera más autoridad. Lo llevan en la san-gre, pensó. También se le ocurrió que los hombres, a lo largo del tiempo, han repetido siempre dos historias: la de un bajel perdido que busca por los mares medite-rráneos una isla querida, y la de un dios que se hace crucificar en el Gólgota. Recordó las clases de elocu-ción en Ramos Mejía y se ponía de pie para predicar las parábolas.

Los Gutres despachaban la carne asada y las sardi-nas para no demorar el Evangelio.

Una corderita que la muchacha mimaba y adornaba con una cintita celeste se lastimó con un alambrado de púa. Para parar la sangre querían ponerle una telaraña; Espinosa la curó con unas pastillas. La gratitud que esa curación despertó no dejó de asombrarlo. Al principio había desconfiado de los Gutres y había escondido en uno de sus libros los doscientos cuarenta pesos que llevaba consigo; ahora, ausente el patrón, él había to-mado su lugar y daba órdenes tímidas, que eran inme-diatamente acatadas. Los Gutre lo seguían por las pie-zas y por el corredor, como si anduvieran perdidos. Mientras leía, notó que le retiraban las migas que él había dejado sobre la mesa. Una tarde los sorprendió hablando de él con respeto y pocas palabras. Conclui-do el Evangelio según Marcos, quiso leer otro de los tres que faltaban; el padre le pidió que repitiera el que ya había leído, para entenderlo bien. Espinosa sintió que eran como niños, a quienes la repetición les agrada más que la variación o la novedad. Una noche soñó con el Diluvio, lo cual no es de extrañar; los martilla-zos de la fabricación del arca lo despertaron y pensó que acaso eran truenos. En efecto, la lluvia, que había amainado, volvió a recrudecer. El frío era intenso. Le dijeron que el temporal había roto el techo del galpón de las herramientas y que iban a mostrárselo cuando estuvieran arregladas las vigas. Ya no era un forastero y todos lo trataban con atención y casi lo mimaban. A ninguno le gustaba el café, pero había siempre una tacita para él, que colmaban de azúcar.

El temporal ocurrió un martes. El jueves a la noche lo recordó un golpecito suave en la puerta que, por las dudas, él siempre cerraba con llave. Se levantó y abrió: era la muchacha. En la oscuridad no la vio, pero por los pasos notó que estaba descalza y después, en el lecho, que había venido desde el fondo, desnuda. No lo abrazó, no dijo una sola palabra; se tendió junto a él y estaba temblando. Era la primera vez que conocía a un hombre. Cuando se fue, no le dio un beso; Espinosa pensó que ni siquiera sabía cómo se llamaba. Urgido por una íntima razón que no trató de averiguar, juró que en Buenos Aires no le contaría a nadie esa historia.

El día siguiente comenzó como los anteriores, salvo que el padre habló con Espinosa y le preguntó si Cristo se dejó matar para salvar a todos los hombres. Espino-sa, que era librepensador pero que se vio obligado a justificar lo que les había leído, le contestó:

—Sí. Para salvar a todos del infierno.

Gutre le dijo entonces:

— ¿Qué es el infierno?

—Un lugar bajo tierra donde las ánimas arderán y arderán.

—¿Y también se salvaron los que le clavaron los clavos?

—Sí –replicó Espinosa, cuya teología era incierta.

Había temido que el capataz le exigiera cuentas de lo ocurrido anoche con su hija.

Después del almuerzo, le pidieron que releyera los últimos capítulos.

Espinosa durmió una siesta larga, un leve sueño in-terrumpido por persistentes martillos y por vagas pre-moniciones. Hacia el atardecer se levantó y salió al corredor. Dijo como si pensara en voz alta:

—Las aguas están bajas. Ya falta poco.

—Ya falta poco –repitió Gutre, como un eco.

Los tres lo habían seguido. Hincados en el piso de piedra le pidieron la bendición. Después lo maldijeron, lo escupieron y lo empujaron hasta el fondo. La muchacha lloraba. Cuando abrieron la puerta, vio el firmamento. Un pájaro gritó; pensó: Es un jilguero. El galpón estaba sin techo; habían arrancado las vigas para construir la Cruz.

Adolfo

 

Solitario. Mirada divagante. Un niño que no logró ser feliz. Viviendo bajo el tormento de su padre y sus castigos físicos. Soportaste tu realidad endureciendo tu corazón.

Cuando fuiste creciendo descubriste un amor hacia las artes, la pintura. Pintaste diversos cuadros. Edificios, paisajes. No te entregabas a plasmar personas en tus obras. Hubo quizás, ahí, un bosquejo de lo que llegarías a ser.

Solitario, sí. Dejaste tus estudios y viajaste a Viena, dejando atrás tu Austria natal. Intentaste en vano, en dos oportunidades, ingresar a la academia de Bellas Artes. Fuiste rechazado. Hubo, quizás, ahí, un indicio de tu gran rencor hacia las personas.

Sufriste las consecuencias de la Primera Guerra Mundial. Viste los horrores de la guerra. Te refugiabas en tus lienzos. Pero es ambiguo porque tu iniciaste una Segunda Guerra.

¿Por qué fuiste amasando tanto odio? ¿Por qué, si tenías un alma de artista, comenzaste guerras y exterminios? Eras multifacético y nadie logro conocer tus pensamientos más íntimos.

Con solo nombrarte, despiertas el odio de todas las personas. Podías haber seguido tu instinto de artista. Pero aniquilaste con tu odio a tantas personas.

Una niña escondida en un desván, sufriendo consecuencias de tener sangre de una raza despreciada por ti. Pero tu sangre era igual a la de ella y a la mía. Eso no importó y mediante personas, soldados, adiestrados a matar, te llevaste la vida de Ana. De ella y de una cantidad extrema de seres humanos. Sufrieron bajo tu yugo por ser diferentes.

Nunca te arrepentiste de nada. Cuando viste la guerra que iniciaste acabar, con resultados negativos para tu misión, no tuviste el valor de enfrentar tus alevosías.

Te fuiste con la misma violencia que entraste al poder.

Hombre pequeño, diminuto ser, ¿Dónde cabía tanto odio? Formaste y escribiste con sangre inocente una etapa de la historia que nos duele. Un hombre pequeño, artista frustrado, realizó a través de su gobierno, la matanza más injusta y dolorosa de la humanidad.

Te fuiste y no pagaste por tus errores.

Hombre pequeño.

miércoles, 18 de diciembre de 2024

Cristo en la cruz - Jorge Luis Borges


 Los pies tocan la tierra.

Los tres maderos son de igual altura.

Cristo no está en el medio. Es el tercero.

La negra barba pende sobre el pecho.

El rostro no es el rostro de las láminas.

Es áspero y judío. No lo veo

y seguiré buscándolo hasta el día

último de mis pasos por la tierra.

El hombre quebrantado sufre y calla.

La corona de espinas lo lastima.

No lo alcanza la befa de la plebe

que ha visto su agonía tantas veces.

La suya o la de otro. Da lo mismo.

Cristo en la cruz. Desordenadamente

piensa en el reino que tal vez lo espera,

piensa en una mujer que no fue suya.

No le está dado ver la teología,

la indescifrable Trinidad, los gnósticos,

las catedrales, la navaja de Ockham,

la púrpura, la mitra, la liturgia,

la conversión de Guthrum por la espada,

la Inquisición, la sangre de los mártires,

las atroces Cruzadas, Juana de Arco,

el Vaticano que bendice ejércitos.

Sabe que no es un dios y que es un hombre

que muere con el día. No le importa.

Le importa el duro hierro de los clavos.

No es un romano. No es un griego. Gime.

Nos ha dejado espléndidas metáforas

y una doctrina del perdón que puede

anular el pasado. (Esa sentencia

la escribió un irlandés en una cárcel.)

El alma busca el fin, apresurada.

Ha oscurecido un poco. Ya se ha muerto.

Anda una mosca por la carne quieta.

¿De qué puede servirme que aquel hombre

haya sufrido, si yo sufro ahora?

Cristo en la cruz - Jorge Luis Borges

Vacío

 

El silencio redunda en la casa

Habitaciones vacías, agujeros negros

Penumbras en los rincones

Rosas marchitas


Aturdida con el silencio

Huyo hacia lugares desconocidos

Necesito hallarte

Necesito preguntarte

Necesito saber


En esta casa, las palabras emergen

Ignoradas por oídos sordos


Te has llevado la melodía

La cadencia de la vida

Te fuiste sin decirme adiós

Mis ojos empapados de ausencia

Mis manos repletas de desamor

¿Por qué partiste cuando te necesitaba?


Mi llanto ahogado

Mi espalda flácida

Palabras en el vacío

Amor desahuciado

Te fuiste

Aquí dejaste tu nada

Aquí dejaste mi ser

 

miércoles, 11 de diciembre de 2024

Siempre ella

             Sentada en el plácido sillón flotando en el aire melodías amadas, pronto mi atención se centra es esa pequeña maceta con su alma viva saliendo de su tierra fértil. Cual si fuese única en su especie la admiro. Veo en ella pequeños brazos de un bebe que se estiran a alcanzar lo inalcanzable. Ella seguirá, cual niño que desea vivir. En ese rincón sagrado donde a la luz del sol penumbrosamente la acaricia ella es feliz. Viviente como mi cuello que late y presurosa como las olas que se acercan a la orilla.

Ella también me mira, sabe que le prodigo amor y cuidados. Corresponde respetar a la naturaleza viva. A veces pienso, si hablase, ¿que me diría? Quizás me hablaría de mis días de soledad. Quizás me invitaría a fusionarme con ella.

Imperturbablemente, como un rayo de sol debe viajar, ella estira sus tallos con las hojas más bonitas que he visto.

Cuando el Creador me llame, quisiera que ella, mar de sensaciones, estuviera a mi lado y sus hojas acariciaran mí ya marchita frente.

Sandra Brinkworth 10 de diciembre de 2024

sábado, 7 de diciembre de 2024

El laberinto de la desicion

 

El reloj marcaba las doce de la noche. La luz de la lámpara de estudio, un tenue resplandor en la oscuridad de la habitación, iluminaba apenas las hojas del libro abierto sobre la mesa. Santiago, un joven de veinte años, se frotaba los ojos con cansancio. La decisión que debía tomar pesaba sobre él como una losa. ¿Medicina? ¿Ingeniería? ¿O quizás aventurarse en el mundo del arte, siguiendo su pasión? ¿Y si se equivocaba? ¿Y si esa decisión lo llevara por un camino sin retorno?

Mientras repasaba sus apuntes, una ráfaga de viento hizo que la ventana se estremeciera. Al mirar hacia afuera, vio cómo una sombra se deslizaba por la pared opuesta, proyectando una figura grotesca y distorsionada. Un escalofrío recorrió su espalda. ¿Habría sido solo una ilusión? Descartó la idea como una simple paranoia.

Sin embargo, a partir de ese momento, extrañas coincidencias comenzaron a ocurrir. Encontró plumas blancas en lugares inusuales, escuchó su nombre susurrado en sueños y vio números repetitivos en todas partes. Al principio, atribuyó estos sucesos a la casualidad, pero poco a poco, una inquietante sensación de que algo más estaba sucediendo se apoderó de él.

Comenzó a investigar sobre sincronicidad, destino y premoniciones. Cuanto más leía, más convencido estaba de que su vida estaba marcada por un patrón que escapaba a su comprensión. ¿Estaba siendo guiado por una fuerza superior? ¿O simplemente su mente estaba jugando una mala pasada?

La duda lo paralizó. ¿Qué sentido tenía tomar una decisión si el destino ya estaba escrito? ¿Acaso sus elecciones no eran más que ilusiones, meras piezas de un rompecabezas cósmico que ya había sido ensamblado?

Una noche, mientras caminaba por el parque, se encontró con un anciano sentado en un banco. El hombre, con una mirada penetrante, lo observó fijamente.

—Todos buscamos respuestas, joven —dijo el anciano con voz suave—. Pero a veces, la mayor sabiduría radica en aceptar la incertidumbre. El futuro es un laberinto, y cada elección es un nuevo camino. No te preocupes por encontrar el camino correcto, preocúpate por disfrutar del viaje.

Las palabras del anciano resonaron en la mente de Santiago. Tal vez, la clave no era tanto encontrar una respuesta definitiva, sino aceptar que la vida es un misterio. Al fin y al cabo, ¿qué es lo que nos hace verdaderamente humanos si no es nuestra capacidad de elegir, de equivocarnos y de seguir adelante?

Con renovada determinación, Santiago decidió dejar de buscar respuestas y simplemente vivir. Se inscribió en la universidad para estudiar arte, reservó un vuelo a la ciudad de sus sueños y comenzó a empacar sus cosas. No sabía qué le depararía el futuro, pero estaba dispuesto a enfrentarlo con valentía y curiosidad.

Al cerrar la puerta de su habitación por última vez, sintió una mezcla de emoción y miedo. Pero también una profunda sensación de libertad. Había dejado de ser un peón en un juego ajeno y había decidido tomar las riendas de su propia vida.

A medida que el avión se elevaba sobre las nubes, Santiago se dio cuenta de que la vida era un laberinto, y que cada decisión era una nueva oportunidad para perderse y encontrarse a sí mismo. Y aunque el destino pudiera tener un plan para él, sería él quien escribiría su propia historia.

Sandra Brinkworth, 12 de octubre de 2024

El lienzo

 

        Di la última pincelada. El óleo estaba casi finalizado, un hermoso paisaje, el paisaje de mis sueños, mi lugar en el mundo. Desconozco su existencia. Solo me quedó el blanco para ubicar el personaje de mi obra. Pero me tomaría un descanso.

          Los artistas expresamos con nuestras obras nuestras percepciones, emociones y sensaciones, en mi caso, a través de la pintura. Mis creaciones plasman mis  sentimientos y emociones. Y al ser así, y explicarlo brevemente para usted, querido lector, le comentaré que en éstos días que me he dedicado a realizar mi obra, me sentía bastante alicaída, quizás por ello quise plasmar ese lugar de ensueño.

          Un arroyo que corre suave, dos árboles que lo flanquean, en uno de ellos el blanco, donde irá mi personaje, luego un sendero curvilíneo con mucha vegetación, enredaderas, que siguen un sinuoso sendero hasta desaparecer en el horizonte, el cual está cercado por acacias y cipreses. Más al fondo, a lo lejos, unas sierras se levantan imponentes. Luego el cielo diáfano, sin una nube y con rastros de un sol que estaría en el poniente. Ese era mi lugar de ensueños, debería ser feliz allí.

          Al día siguiente, me desadormeció un rayo de sol por la rendija de mi ventana. Con un poco de parsimonia comencé el día. Mientras desayunaba vino a mi memoria mi abuela materna, de quien había heredado el don de la pintura. No disfruté mucho su compañía, pues cuando era muy pequeña, rondaba los doce, ella viajó a instalarse a Buenos Aires. Pero recuerdo una charla que tuve con ella cuando nos obsequió uno de sus hermosos cuadros, pintaba realismo. Recuerdo que le dolió mucho desprenderse de ese lienzo. Éramos muy cercanas, yo había heredado mucho de ella, el arte, la belleza, el gusto por los perfumes. A lo largo de los años, su elegancia permaneció inalterable, como una flor que nunca marchita. El tiempo, que en otros deja huellas y sombras, en ella parecía detenerse, manteniendo su gracia intacta y su juventud eterna, un reflejo perpetuo de belleza sin edad. En la ocasión del obsequio me dijo en voz muy bajita, que los personajes de sus cuadros a veces eran traviesos. Esa confidencia, para la niña que yo era, me despertó sumo interés, por lo que la abrumé con interrogantes. Ella en tono ceremonioso me contó que cierta vez pintó su personaje, una indígena, y al día siguiente junto a ella había un ciervo. Ella quedo espantada, eran las pinceladas de ella, las reconocía, pero  no había hecho ese animal, ni tampoco la sonrisa de felicidad en la mujer. Comprendí – me dijo – que los personajes necesitan expresarse, buscar sus compañías, y se niegan a expresar lo que nosotros les indicamos. Nunca olvidaré esa charla. Fue algo mágico. Mezcla de cuento maravilloso y asombro de que pudiera ser real.

          Después de vagar con los pensamientos me dispuse a esbozar con colores a mi personaje, iba fluyendo según mi sentir. Pasó un tiempo que no podría precisar y vi finalizada mi obra. Mi personaje era un hombre, de tez trigueña, en sus cuarenta, recostado al árbol, con el semblante sumamente triste y las manos caídas sobre el regazo. Así me sentía yo hacía tiempo.

          Se hizo la noche y con el trajín de las tareas hogareñas me dejé abrazar por mi cama exhausta.

 

          La luz del taller estaba a media sombra, el personaje comenzó a mirar a su alrededor y al percatarse que estaba solo, cambió su semblante, estaba feliz en el lugar donde se encontraba, un lugar de ensueños. Caminó despacio por el camino sinuoso rodeado de enredaderas. Mas allá de la vista de quien ve la obra, encontró un pequeño perro hecho un ovillo. Se acercó, lo acarició, lo llamo Dante. Lo invitó a recorrer con él el hermoso paisaje. Cerca de los cipreses había, al ras del suelo una enorme cantidad de frambuesas, se acomodaron juntos, hombre y animal, y comenzaron a degustar. El hombre le explicaba a Dante, que no entendía por qué su semblante había sido coloreado tan abatido. Tampoco entendía por que su compañero no se veía en la obra. Era un can hermoso, con brillante pelaje negro y hocico aguzado y mirada atenta. Dante escuchaba y movía su  cola.

          Pasearon así toda la noche, la noche de la artista, pues él en su realidad de óleos, vivía un eterno atardecer. Recorrieron todos los lugares, éstos no se vislumbraban en la obra. ¿Estarían en la mente de la artista?

          Por la ventana del taller de pintura vio que empezaba a amanecer, le dijo a Dante que continuara escondido, volvió por el camino sinuoso y se volvió a acomodar. Pero no podía evitar el semblante de felicidad por lo que había vivido. Le era imposible.

 

          Cuando volví al taller esa mañana, corrí las persianas y observé mi obra finalizada. Sentí satisfacción. Pero noté algo fuera de lugar, me acerqué y miré al personaje, su semblante y su brazos en el regazos no estaban como yo los había plasmado, si bien, eran mis colores y mi forma  de manejar el pincel. Retrocedí espantada hasta chocarme con un taburete. Inmediatamente recordé los dichos de mi abuela. Quizás no era sólo el cuento de una abuela a su nieta… quizás le sucedió. Quedé largo rato observando. Volví a mirar al hombre. Era el rostro que pinté, pero con otra expresión. Me sentí anonadada. Decidí salir a la calle a caminar y ordenar mis ideas. Quizás conversar con alguien de lo sucedido, pero, ¡quien me creería!

 

          El personaje oyó la cerradura de la puerta, se incorporó y comenzó a llamar a su mascota. Dante se acercaba feliz. Se sintió aliviado de seguir con una sonrisa en el rostro. Ambos saltaron del óleo y recorrieron la casa. Se sentían miniaturas, pero tenían un conocimiento previo de lo que era la vida. No habían nacido con el pincel. Ellos ya existían y el hombre, particularmente, no quería estar inmóvil e infeliz. Conocieron todos los rincones de la casa y con ello el personaje pudo conocer mucho de la mujer que lo retrató. Aun así, no comprendía qué le había sucedido a él. ¿Habría muerto y esta bella mujer lo trajo a la vida con su pincel? Recordó su vida antes de despertarse en el lienzo. Siempre fue un hombre feliz y esperanzado. Quizás por ello no entendía porque lo había plasmado con tanta tristeza. Pero después de ver las pertenencias de la artista se percató que estaba pasando por un gran dolor. Después de un largo paseo por los rincones de la casa se sintieron cansados. Volvieron al óleo, pero esta vez el hombre no soportó la postura sentada por todo el ajetreo, y quedó yacente con Dante hecho un boyo en sus pies.

 

          Volví un poco más distendida. Me encontré con amigos, aunque no me atreví a contar lo sucedido. Por un momento sentí temor de dirigirme al taller. Pero me armé de coraje y fui. Encendí la luz y me encontré con la sorpresa, el hombre durmiendo ¡con un perro! Di un portazo y me dirigí a dormir. Esa noche soñé con ese hombre y el perro. Me culpaban que los había atrapado en un óleo contra su voluntad. Que ellos querían llevar una vida como la mía. Él me reprochaba la infelicidad en su postura y su rostro, me intimidaba al decirme que él era feliz.

          Me desperté de un sobresalto, ya era cerca del mediodía. Me dirigí presurosa al taller y para mi enorme sorpresa mi personaje y su perro no estaban. Eché a llorar. No podía pasarme esto. No controlaba mi vida y ahora no podía controlar mi arte. Ante mis sollozos tímidamente se acercaban por el sendero el hombre y el animal.

          Les reproché, les dije que era mi cuadro y ellos eran míos, y que ese animal ni siquiera existía. El hombre con paciencia me explicó que el paisaje era tan bello, por esa razón no quería estar triste, estaba feliz gracias a lo que yo había hecho. Recorrió el paisaje y era mágico. El animal sí lo había hecho yo, sin percatarme, solo que él lo descubrió.

          Seguimos dialogando un largo rato, le conté mis tristezas, me escuchó paciente, una lágrima rodó por su mejilla. Al final del diálogo llegó el consenso. Me dijo que él era mi obra, ¿qué deseaba para él? Pensé un rato – este paisaje es para ustedes, ubíquense cómodos, solo les pido que se queden quietos para siempre -; lo haremos, contesto el hombre.

          Me fui del taller.

          A la mañana siguiente apresuradamente fui a ver mi obra. Mi personaje estaba recostado al árbol, acariciando al animal, con una enorme sonrisa en la boca.

 

          Pasaron varios días, comencé otras obras, lo ocurrido fue quedando en el pasado. Hasta que un mediodía suena el portero de mi departamento. Al abrir la puerta ¡Ohh sorpresa! Era mi personaje, con el animal.

          Se presentó, soy José y él es Dante. Somos tus nuevos vecinos.

 

Sanddra Brinkworth 23 de mayo de 2024

El regreso

 

EL REGRESO

 

                Lo vi. Nos miramos. Su mirada cargada de sentimientos. Conocía esa mirada. Lo decía todo. Siempre fue transparente.

Se encontraba parado en el hall de mi casa. Su cuerpo mostraba cierta incomodidad. Estaba fuera de su lugar seguro. Aun así sus ojos destilaban un sentimiento puro, aunque su boca no lo pronunciara.

        Nos sentamos juntos en el sofá. Teníamos mucho que hablar. Mientras las palabras fluían, sus ojos se agrandaban o se entrecerraban, se escapaban. Parecía que danzaban al compás de sus palabras. Yo lo escuchaba. Cuando era mi momento de hablar su mirar era fijo cual ancla en el mar.

        Hubo un momento de silencio. Un silencio sonoro, aturdidor. Como vuelos de miles de mariposas. Nos miramos. Cada vez más cerca, nuestras respiraciones agitadas. Al fin nuestros labios se rosaron. Sentí el calor de su ser, un calor que ya conocía. Esa sensación que pedía más. A medida que nuestros labios se movían al unísono, el beso se volvió más profundo, más urgente, lleno de una pasión contenida durante meses. Sentía una euforia indescriptible, una conexión tan profunda que casi dolía. Cada segundo de ese beso era una eternidad y un suspiro al mismo tiempo.

        No sabría precisar la duración, una eternidad o un segundo. Lo que sentí no se mide en tiempo, solo en sensaciones. Lo volví a mirar. Vi en él mucha paz. Su rostro era un paisaje sereno después de una tormenta larga y devastadora. Su piel, marcada por los surcos de preocupaciones pasadas, ahora irradiaba una luz suave y tranquila. Las líneas de tensión que habían anclado sus cejas se habían desvanecido, dejando un semblante relajado y casi rejuvenecido. Cada rasgo de su rostro hablaba de un hombre que había encontrado su camino de regreso a sí mismo, que había enfrentado y superado sus demonios. Irradiaba serenidad y calma. Su rostro era el de alguien que había aprendido a dejar ir, a aceptar y a encontrar la paz en el presente.

        Al ver que nuestro beso provocó esa transformación en él y en mí, sentí paz. Después de una larga tormenta. Luchas internas que me trajeron donde hoy estoy. Siendo una mejor persona. De esta manera el amor que le brindaré será más sabio. Será un mar en calma.

        No puedo precisar la duración de este nuevo comienzo. Cada día a su lado evocaré este beso que selló nuestros caminos.

Sandra Brinkworth, 24 de julio de 2024

El volcán

 

El volcán

 

Habían pasado casi seis meses de nuestra ruptura. Pensaba que esa etapa, por el sufrimiento que me ocasionó, nunca volvería a mí. Pero estaba equivocada. Apareció en mi portal con una sonrisa, flores, y un borbotón de palabras que pedían perdón y una nueva oportunidad. Al mirarlo a los ojos comprendí que mis sentimientos seguían imperturbables a pesar de sus infidelidades pasadas. Él habló, me explicó detalladamente el porqué de sus acciones, pidiéndome perdón una y otra vez. Lo dudé. Pero flaquee, volví a confiar en él y a estar a su lado.

          Los días pasaban tranquilos, había un cambio radical en él. Volvimos a ser la pareja de siempre. Volví a confiar. Pero ¿qué pasaba por mi mente? Un mar de contradicciones, de revivir sus mentiras, de incomodidad, de miedo. Él no lo notaba. Nadie lo notaba. Yo lo ocultaba aferrándome a su promesa de “nunca más”. Pero en mi mente danzaban emociones perturbadoras. ¿Celos? Desconfianza, incredulidad. Miedo, un miedo intrigante, hacía que mi corazón galope con más fuerza,  mi piel quedase blanca. Sentimientos y emociones que querían salir de mí y gritar lo que sentía. Pero lo aplacaba, recordando su promesa y tratando de ser una mujer fuerte.

          Él, de verdad, estaba siendo muy transparente. Hacía todo lo posible para que yo confiara. Pero una llamada, un mensaje… volvía a retorcer toda mi mente de preguntas. Más preguntas, ¿Quién es? ¿Dónde vas? ¿Qué hiciste anoche? Preguntas que nunca se las pronunciaba. Quedaban en mí. Lo sé, mi corazón había quedado dañado. No lo podía evitar. Solo lo podía disimular.

          A veces lo conversaba con alguna amiga, quien me decía que  un hombre infiel nunca deja de serlo. Yo seguía con mi postura de superación. Pero solo eran las apariencias. Dentro de mí danzaban insolentes mis dudas, miedos, sentimientos de inferioridad. Era una lucha que ya llevaba tiempo, unos meses, pero me estaba destruyendo por dentro.

          No flaqueaba en mi postura. Nadie intuía, ni él, el torbellino que se suscitaba en mi interior. Nuestros encuentros eran agradables, amenos, sentíamos mucho amor mutuamente. Él tenía su rostro más sosegado,  había dejado la ansiedad atrás, reflejaba paz y tranquilidad. Yo todo lo observaba y éstas actitudes de él me sosegaban. Era inevitable, dentro mío no había sosiego ni paz. El torbellino de dudas seguía entronizado en mí, cual rey inescrutable.

          Un día cercano a la primavera sentí una sensación peculiar. Comenzaba en mi interior inquieto y afloraba por mi cuerpo, mis ojos. Yo lo rechazaba. ¡No! ¡No! Yo no soy así, yo se controlarme… ¡no! ¡No!... Ël estaba frente a mí conversando de algo que yo no escuchaba, porque solo escuchaba mi cuerpo y mi interior. Estaba al borde de un abismo interno, mi alma temblaba como un volcán en letargo, acumulando fuego y rabia, listo para desatar su furia ardiente en un estallido de pasión contenida por tantos meses. Aguardando el momento de liberar la lava ardiente de emociones reprimidas. Él me miraba… Y seguía con su charla…

-      ¿Te acordás del viaje a Mendoza?

-        ¡No! ¡No! ¡No te creo nada! ¡Me mentiste muchas veces! ¡Me heriste y no te importó! ¡No! ¡No! ¡No lo merezco! ¡Fuiste cruel! Mi corazón no puede volver a confiar en vos. ¡No te quiero en mi vida!

En ese momento todo el dolor y el temor acumulado en mí desapareció, se esfumó con esas palabras, al igual que él.


Ese momento fue mi liberación.